Todos somos porteros

 

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Se que las generalizaciones son la peste del mundo, así en general. Pero confirmo y testifico que ésta, se acerca bastante a nuestra realidad consensuada. El correveydile, el chisme, la pantomima social. Aquí nadie reconoce perder su tiempo alimentándose de las penurias de sus seres “queridos”. No, no tienen tiempo en sus ajetreadas e importantes vidas, y no, no son tan barriobajeras ni ordinarias. Eso sí, a la que encuentran un espacio en blanco en sus vidas, que suele ser muy a menudo, lo aprovechan sin concesiones para abalanzarse verbalmente hacia su presa, su amiga del alma, su novio, su madre.
¿Qué especie de gusto sináptico encontramos rebajando el carácter de otro para sentirnos mejor nosotros?
Nos encanta emplear un tiempo de nuestra vida social (para mi gusto extenso e insistente) para exponer con diversas repeticiones en bucle cuan egoísta es el otro (por lo tanto, qué bondadoso y generoso soy yo), qué manipulador y rata que es (ay pobre víctima de mí, alma de cántaro corrompida),  qué estúpido el chaval que no se puede hablar con él (qué puto listo soy yo, nadie está a la altura), fíjate lo mal que está con su novio y sigue con él la muy tontita (yo en cambio soy siempre super digna y valiente).

Todos y cada uno de nosotros caemos en el enredo porque somos unos inseguros. Es como una especie de trampa que activa nuestro sistema de recompensa (infantil claro) dejándonos mejor a nosotros a costa del déficit ajeno. Qué cómoda es la bipolaridad hoy en día. Sentirnos superiores y luego vivirnos hipócritas mintiendo a nuestros amigos para que nos quieran. Nos debatimos entre la grandilocuencia y el sentimiento de inferioridad y jugueteamos con él dependiendo de como nos venga. Nos autoposicionamos en un pedestal que nos creamos a través de la crítica donde somos como reyes, dioses, los soberbios y narcisistas autoconscientes pero no por ello igual de miserables.
¿Os habéis planteado si vuestros vínculos son realmente honestos?  Ui, creo que la respuesta os va a dejar más solos que la una. Perdonad, haced ver que no lo habéis oído. Seguid con vuestra vida satírica y autoindulgente cómoda de postal. La conciencia no estará muy preparada para ver que en realidad no es que el mundo esté lleno de víboras, es que los primeros víboras somos nosotros.
Parece que hablar mal de los demás nos alimenta nuestro egotrip dañado (y dañino) y como que nos vamos más tranquilos y soberbios a casa. Tu no eres especial, ni más íntegro, ni más zen. A ti también te gusta retozar en la miseria ajena.

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