Todos somos dependientes

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Ser una persona dependiente está socialmente mal visto, y además es cero atractivo. La independencia en cambio, se considera como un preciado atributo que muestra a una persona más bien liberada, autosuficiente, con su propio autogobierno y su determinación. Pero como los humanos somos un poco zoquetes, solemos describirnos como personas de una u otra categoría. Incluso si hablamos de los demás, frecuentamos estos adjetivos como si fueran ciertamente profundos y pudieran revelar y describir gran parte de la personalidad de alguien. Mi amiga la dependiente de todos su novios, o mi amiga, la egoísta que parece que va a su pedo.

¿Tu de quién dependes? Ah, ¿crees que eres un ser totalmente autosuficiente? Quizá te veas a ti mismo muy evolucionado y creas que no dependes de nadie, pero en algún recoveco de tu córtex prefrontal haces cosas (que ni siquiera tu mismo sabes si quieres hacer), para que otros no te abandonen. A eso que le llamamos compartir o ayudar a veces es en realidad un: te doy lo que esperas no porque así lo sienta sino porque así no te irás lejos de mi lado.
Quizás dependes de lo que te dice tu psicólogo, ese hombre de barba con pipa humeante de sabiduría. Si te dice que tienes un trauma de vidas pasadas, tienes un trauma de vidas pasadas. Claro, te ha faltado un padre desde que eras pequeño y necesitas una figura paterna a la que admirar y seguir fielmente. Tal vez aún dependes secretamente de mamá, y te obligas a hacer cosas que no quieres hacer para que siga orgullosa de ti. Puede que dependas de tu novia o de tu mujer, porque tu carácter ha sido tan arrasado por el mundo parejil que ni te acuerdas de qué te gusta y no sabrías cómo empezar a vivir tu propia vida sin ella. ¿Acaso dependes de tu grupo de amigos? Sin ellos tu identidad está perdida, y los fines de semana sin reuniones endogámicas son una desgracia.

A los dos años de edad entiendo que dependamos, literalmente, de nuestros padres. Nos moriríamos de inanición o quizás electrocutados con algún enchufe. ¿Y a los 30? A los 30 ya no los necesitas para subsistir (excepto la pasta que te pasan cada mes), de hecho, no necesitas a nadie para sobrevivir. Pero de adultos, en cambio,  sustituimos esos lazos afectivos (pero a veces no tan efectivos) y los trasladamos a otras personas. Ya no se trata de algo físico de supervivencia, sino de algo emocional.  Si soy una chica insegura y ciertamente narcisista, dependeré de que me miren y me hagan caso. Si me miran y me hacen caso y me dan likes me quiero, si no me miran no me quiero. Si me desean mi autoestima está fantástica. Si no me desean me deprimo. Así que la exigencia por tener unas uñas, un pelo, y un olor de chichi perfecto va a ser extenuante. Si soy un tío con pánico al fracaso, voy a depender del éxito social que tenga y de la imagen que proyecte. Los ejecutivos que parecen tan seguros de sí mismos dependen en realidad de sus resultados. Me querrán por lo que obtenga, no por lo que soy.  Angustioso. O los que aún no han llegado ni a la pubertad (y me refiero a la mayoría de la población) dependerá de que los demás le quieran. Si me quieren me quiero, si no me quieren no me quiero. Alarmante.

La cuestión es preguntarse de quién necesitas la aprobación de tus pensamientos y actos y hasta qué punto, haces o dejas de hacer por miedo a que esa persona se enfade contigo o te abandone.
Nuestra identidad depende de lo que consigo de fuera. Caso, atención y logros. ¿Hasta qué punto la dependencia forma parte de una inevitable forma de vincularnos? Dónde está el límite, ¿lo hay? Pero ojo, el afán de independencia y del “do it yourself” también nos ha deslumbrado. Esa ansia por demostrar un individualismo exacerbado nos aleja los unos de los otros y nos conviene en máquinas productivas cerebrales y desapasionadas.
Demasiada dependencia aunque cómodos, nos vuelve irremediablemente presos insatisfechos y sumisos ante el miedo. Demasiada independencia te aleja separado y psicópata, solo y soberano de tu autonomía. Deberíamos inventar una palabra que pudiera expresar el límite justo entre esas dos insostenibles condiciones humanas.

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