Sufres de simpaticotonía y aún no lo sabes

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He vuelto a artes marciales. Mis quejosas rodillas chasquean ese sonido aterrador que me conduce directamente hacia una sensación pasada de pánico. La rotura de menisco tiene un sonido especial. Especialmente doloroso. He perdido masa muscular, mis cuádriceps brillan por su ausencia y me cuelga el pellejo del brazo. Flexiones. Mi grasa temblequea. Abdominales. Me chirría la pelvis. Tijeras. Dios mío, qué dolor de nuca. Sentadillas. Cric-cric, cric-cric. Mierda, ¿se me romperá el otro menisco? Me comparo inevitablemente con el resto de cinturones fuertes, sanos, vigorosos y elásticos. Joder, Otra vez ese diálogo interno habilidoso en el arte de de la condensación y concentración de pensamientos cul-de-sac. ¿Por qué mi cabeza afronta el dolor así? Supero cien patadas sin hiperventilar pero soy incapaz de concentrarme. Estoy rígida y tengo miedo de volverme a joder. Creo que tengo tensión temperamental.
Se podría decir que la tensión de mis músculos se ha traspasado a la tensión de mi carácter. ¿O es al revés? El famoso “mens sana in corpore sano” se fortifica en la versión neurótica contemporánea “mens enferma in corpore enfermis”. La gran mayoría de humanos hiper-civilizados –que no educados y refinados– tendemos a convivir con un diálogo interno angustiado y agobiado, incluso en las situaciones más relajadas. Dejamos a merced del sistema simpático lo que el sistema parasimpático debería serenar.
En cierto sentido el sistema nervioso parasimpático se activa desmesuradamente en las denominadas situaciones E: escape, estrés, ejercicio o emergencia. Estoy en clase sofocada con un ronchón bermellón conquistando mi cara y la neurosis cabalgando mi cerebro en estado de alerta. Tengo todos los síntomas neuróticos: prolongada irritabilidad, inseguridad, preocupación y tensión. Llego a casa y googleo como buena hipocondríaca t.o.c acerca de cómo afectan la tensión y el miedo humano al cuerpo y al carácter.

Empiezo buscando acerca del sistema nervioso central, paso por webs acerca de la percepción de la realidad, la percepción sesgada, los pensamientos negativos, y acabo en la sim-pa-ti-co-to-ní-a, “alteración del sistema nervioso autonómico en favor del sistema simpático y con un aumento de la excitabilidad vasomotora”. Es decir, tu cerebro cree que está en peligro –cuando en realidad no hay un amenaza externa sino mera inseguridad psicológica– y activa las funciones involuntarias necesarias para sobrevivir. En cierto modo, la población urbana sufrimos de simpaticotonía crónica. Los niveles de estrés y miedo se mantienen como niveles mayoritariamente frecuentes y por ello atribuimos la angustia a algo corriente y natural. Nos acostumbramos a vivir tensos.
Me fascina la estrecha relación del cuerpo y la mente. Natural, habiendo crecido en un sistema educativo que te separa y te desconecta el uno del otro como si fueran ajenos completamente. ¿Por qué no nos enseñaban en clase de Somática a Wilhelm Reich y Alexander Lowen? ¿Clase de qué?, ¿quienes?

A ver, amigos simpaticotónicos: si un niño nace en una familia que percibe como agresiva, verbal o físicamente, y desarrolla un miedo tremendo a que le castiguen, suprimirá ese sentimiento de agresión de él mismo. –Todo sea por el instinto de conservación de asegurarse el amor y el afecto de la familia–. Para conseguirlo cerrará la boca, apretará la mandíbula, e inevitablemente se le tensionará la garganta. Si esta sensación de miedo y represión de la rabia se repite en el tiempo, –que es lo que suele suceder– dicha actitud se cronifica en el cuerpo creando una estructura física, un tono muscular y dolores recurrentes –básicamente de cuello y de hombros por tensión mandibular–. El músculo que se te contrajo de pequeño se congelará y se contracturará de adulto. Esas tensiones mantenidas por el tiempo totalmente inconscientes, guardan y contienen miedo y frustración infantil. Una contractura es una angustia infantil reprimida. Tranquilo, aparecerá cuando menos te lo esperes en una parte del cuerpo que ni sabías que tenías. ¿Tienes dolor de espalda?, ¿dolor lumbar?, ¿ciática o dolor de tarro? Bienvenido, es tu tensión temperamental, eres simpaticotónico, estás angustiado y no lo sabes.
Si usted tiene problemas de espalda, puede ser que tenga un pavor tremendo a la responsabilidad, sentimiento de debilidad e inutilidad. Si tiene dolor de cuello recurrente, deje usted de controlar hasta a su gato. ¡Si tiene dolores de cabeza invalídese y exíjase hasta que su padre se levante de su tumba y le diga que está orgulloso de usted!

La postura, la mirada, el tono de la voz. Podemos leer en ellas la historia de una experiencia pasada. De hecho solo con fijarse en la postura de alguien, en sus gestos, sus movimientos y micro-movimientos, en su forma de caminar y moverse, podrías averiguar qué tipo de carácter es, qué le asusta, qué reprime y hasta averiguar sus posibles traumas infantiles. Cómo eran sus padres y cómo serán sus parejas –no hace falta irse de brujas para averiguar que el destino de alguien suele ser lo que más teme–. La vida se comprende hacia atrás, pero se vive hacia delante decía Kierkegaard.
Y ahí me encuentro, en clase de artes marciales, con mi amable simpaticotonía debido a problemas infantiles. Ya no sufro por mi rodilla, por mis cuádriceps o por si hago veinte sentadillas sin problema –¿puedo hacer sentadillas intelectuales con mi infancia?– Estira tus tensiones hasta la vergüenza y el miedo infantil. ¡Haz ejercicio emocional con Jane y con tu música preferida! Simpaticotonía records. Tu cerebro está atrapado, padeces de simpaticotonía y aún no lo sabes.

 

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