Soy como mi madre. Pero tú también

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¿Qué ocurre cuando uno de tus progenitores hace o dice algo que te saca de quicio?, ¿cómo reaccionas?
Tenemos cierta tendencia a vernos diferentes a nuestros padres, mejores, más evolucionados. Como si nosotros no fuéramos a cometer sus mismos fallos o a tener las mismas deficiencias. “Yo jamás seré como ellos”, o “a mí eso no me pasará”, no es nada nuevo. Si tu resquemor y exasperación como hijo es habitual quizás pongas un poco de distancia inconsciente, te ocupes, trabajes o estudies demasiado, te excuses y justifiques y hasta te cambies de ciudad con tal de no verlos. Máxima separación con tus creadores. Convivimos con la certeza altiva de creernos mejores que nuestros antecesores, los cuales nos avergüenzan o nos irritan –como cuando teníamos dieciséis– y juzgamos desde bien arriba, con el dedo señalando hacia bien abajo, allá donde se encuentra tu madre, tu padre, en su loop particular.

Y de pronto, en tu colección de rencor pasado, tu madre hace y dice algo que colma, doblega y pisotea tu sistema nervioso hasta el desprecio. Qué digo, hasta la perversidad. Eso que siempre suele ser lo mismo que no soportas de ella. Eso que juzgas en los demás y que tú jamás haces ni dices. Ese odio infinito que casi no has sentido ni por un amante traicionero. Y surge la tensión entre madre e hija, la riña, la disputa. Algo se dispara dentro, y un odio efervescente de bilis verde inflama tus mucosas. El volcán que desea erupcionar y avasallarla a lava. La aversión autocensurada, el rencor inconsciente recopilado en las neuronas de la infancia. Lo único que quieres es arquear la conversación hasta que te de la razón. La lucha de la supremacía. Guerra de linaje. Como si la pugna intrínseca por vivir se limitara a tener un buen argumento para demostrar quién es el que manda. ¿Saturno devorando a sus hijos?, ¿los hijos devorando a Saturno? La psique constreñida entre culpa y desprecio, resignación y rechazo.
Es como si cometiera vejación contra mí misma, al fin y al cabo, he sido gestada en su más recóndita entraña, parida desde el ardor salvaje de lo enigmático de su feminidad. Pero ojo, lejos de romanticismos góticos esto no solo va contigo. Tu madre se quejará de su madre. Su madre seguramente se quejaba de su madre y así sucesivamente, pero ninguna en su treintena, pensaría que años más tarde, acabaría haciendo lo mismo. ¡Ni por asomo! Parece que con la edad uno se transforma genéticamente en eso que años atrás juzgó, rechazó y hasta casi le provocaba asco. Nuestros padres son una imitación de nuestros abuelos y nosotros, una falsificación de la imitación.

Hace pocos días me vi haciendo algo parecido –quizá no fue tan efusivo, ni tan exagerado– de lo que no soporto de mi madre. Mierda.
Mierda mierda mierda mierda. La otra persona no se dio cuenta, gracias a Dios, del asomo de mi histrionismo que pude controlar tardíamente. Acto seguido quise auto engañarme para no afrontar tal nivel de horror. Era como si estuviera siendo infiel a mi parte juzgadora. Como si por un momento personificara lo que llevo años creyendo que jamás haría, porque claro, yo soy evolucionada, yo soy lúcida y consciente de lo que quiero y no quiero en mi vida. Pero en esta ocasión he sido lo que odio de mi madre. A ver Adriana, analiza. ¿Por qué lo has hecho?, y lo que es más importante, ¿por qué te ha salido involuntariamente? ¿Esa soy yo?, ¿soy lo que he aprendido de ella, o es mi genética? Qué crisis de identidad. ¿Yo soy yo?, ¿yo soy un trozo de mi madre? No te líes Adriana, son las neuronas que van a su pedo y repiten circuitos instaurados. Con la energía de la juventud puedes reprimir ciertas tendencias de carácter, pero con el tiempo y la falta de plasticidad neuronal, se escapan dejes y resortes que no puedes controlar. Como la incontinencia urinaria. Incontinencia neuronal. Y te ves un día haciendo eso que tanto odiabas. Es como una bestia guardada en tu interior, solo que nunca te has dado cuenta. Y de pronto surge y ruge con tal vehemencia, que es demasiado tarde para decir que no te pareces a tus padres y demasiado pronto para rectificar tu carácter oculto. Es un automatismo, un deje caracterial, una jodienda heredada. Somos una imitación que se cree inédita. Una manifestación del duplicado. Una réplica que replica.

En mayor o menor medida todos lo hacemos, es cuestión de tiempo, amargura e ignorancia que, voilà, eres tu madre parte dos, tu padre segunda entrega. Es cuestión de tiempo. Saturno, el anciano curvado, la guadaña que todo lo destruye, –menos el patrimonio familiar del defecto– la hoz que siega la vida hacia la persona que decías que nunca ibas a ser. El salvaje tiempo.
Definitivamente la vía rápida -y la mas jodida- es aprovechar cada sacada de quicio de tus padres y observar cuando has hecho algo parecido, así que como hoy es sábado, día de saturno y como he descubierto que tengo un 26% de sangre escandinava, aprovecho para sacar los trapos sucios. Sábado deriva del nórdico laugardagr, literalmente “día de lavado.” No sé si será por mi rama vikinga, pero acogiéndome a rituales y tradiciones escandinavas os digo: lavemos hoy nuestra ropa, saquemos nuestros trapos hediondos de rencores, resentimientos, juicios y matanzas intelectuales y limpiémoslos. Aceptemos que no existe excusa, razón ni justificación de nuestras quejas materno-paternas. El “ay pobrecito de mí” se acabó. Lavad vuestra ropa –no se la déis a vuestra madre– y superar vuestros traumillas.

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