Social Pressin’

todos escodnemsos cosas

Todos somos influenciables y moldeables, sumisos ante el esperpento social de lo que llamamos “común”. El salvaje reino social te fuerza a mimetizarte o a destruirte, no tiene puntos intermedios. O cedes y concedes el poder a los demás fusionando tus valores con lo que opinan tus amigos, es decir te autoinmolas para que no te rechacen, o por le contrario recibes desaprobaciones constantes que te obligan a odiarte un poco más por no encajar con lo “habitual”. El desuso de lo usado habitualmente. Si en un grupo de personas eres el único que no opina de la misma forma, es probable que desistas ante el grupo, de lo contrario te quedas solo. Tu con tu contracorriente, tu con tus creencias. Solo. Miedo a la desaprobación, miedo al rechazo, miedo a la soledad, miedo al miedo, miedo por doquier. (Aunque opino que el peor miedo que existe es el que te lleva cara a cara contigo mismo). Lo que sea para evitar que el exilio social y el rechazo comporte el suspenso total del concurso constante que implica vivir. Podemos llegar a cambiar nuestra actitud o nuestros valores por lo que los demás puedan pensar de nosotros. Los demás. (Quien coño ES los demás? ¿Los demás es una persona?, ¿el panadero?, ¿tus padres?) Los demás somos nosotros. Todos los que contribuimos con una mala mirada, un desdén del labio superior o la mueca de desaprobación ante la libertades ajenas. Los juicios indomesticables de la jungla.

Si no tienes novio y tu mejor amiga se acaba de pillar uno, va a haber prisa interna. Si tienes cuarenta y todos tus amigos ya han parido y solo hablan de bebés, o te rehusas total y completamente a ser madre y jamás vas a las fiestas infantiles a las que te invitan o tendrás una prisa interna descomunal para pillar semen. En cualquier caso, esa persona nunca se preguntará si quiere o no ser madre por deseo propio o por imposición social. Quizás su sueño sea montar una librería, yoquesé. La cuestión es que nuestros deseos se han fundido y confudido con los deseos sociales. Los vivimos congelados, juntos y se requiere de una fuente de calor y de un pelín de autocrítica para descongelar esa trampa, que te salva de los demás pero te crucifica a ti mismo.

Miras Instagram y te preguntas qué coño estás haciendo con tu vida y por qué no es tan perfecta como la de los demás. Miras a tus amigos y frunces el ceño porque te ves el más jodido de todos, pero no lo dirás, debes ante todo mostrar una imagen ideal. A la que rascas un poco en esta exposición humana te das cuenta que todos tenemos nuestras cosillas, pero el objetivo básico del juego es silenciarlo y agachar ante el insustancial y frívolo vacío externo. El apremio ante la imposición y intimidación autoimpuesta. Sí, efectivamente. Todos tenemos nuestras cosillas que son bastante rechazables. Qué curioso, a mi me parecen encantadoras cuando se comparten.

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