Que rulen las pirulas

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Entiendo que los que estamos en duelo no somos de trato fácil. Podemos pasar de la comprensión, el respeto y la flexibilidad más absoluta, –estás sensible, entiendes que cada uno tiene su dolor, que nada es personal, que todo es perecedero y que ya hay demasiado sufrimiento en el mundo– a la intolerancia más despiadada y tiránica mientras descuartizas al otro en tu cabeza. También es bien seguro que uno tendrá fases pegajosas de queja, lamento y autocompasión y solo por eso deberían sacrificarnos. Es bien incómodo, no apetece, con sus fases, sus ciclos, sus subidas y bajadas y la sensación de estar al borde de volverte loco. Me interesa el duelo y no solo el cómo lo gestiona cada uno, sino cómo lo gestionan los de nuestro alrededor. Me ha resultado exquisito observar las sofisticadas y a su vez ridículas tácticas que utiliza el ser humano para no confrontar la muerte bajo ningún concepto. Frases estériles y sin sentido, estrategias específicamente creadas para evitar la responsabilidad de mirar la herida de quien tienes delante, o incluso la tuya propia.

Existe un amplio y rico abanico de sujetos, desde los más alérgicos a la tristeza que evitan preguntarte y sacarte el tema a toda costa, hasta los succionadores de dolor que se enfadan contigo porque no les dejas que te salven –y cabría revisar también cuándo, torpes y cobardes, hemos sido nosotros uno de los siguientes especímenes–. Evitarlo o sacarle provecho, la cuestión es que bajo ningún concepto mires el dolor directamente, líbrate de él, adórnalo, distráelo, sortéalo, evítalo o atragántate con él, pero no lo contemples o te petrificarás como si miraras a Medusa.
Por un lado tenemos a los que te ven descompuesto, ido y recién atropellado, pero les da francamente igual. Ellos te cuentan su experiencia, que les parece más interesante y sustancial que la tuya y tú únicamente eres un espectador. Recuerdo que el mismo día del funeral se acercó un conocido, me dio el pésame y acto seguido sin pausa me dijo: “Oh, lo siento mucho, era una persona maravillosa, vaya… a mi se me murió mi padre hace solo tres años y lo recuerdo como si fuera ayer, los últimos meses fueron difíciles aunque gracias al médico que le administró paliativos, el pobre, mira qué pena solo de pensarlo, y yo sufrí muchísimo pero al final me pude despedir así que…” No tienen fin y desde luego carecen de empatía alguna. Solamente se puede parar a alguien así siendo un impertinente.

Luego están los evitativos, los que te cambian el tema y tratan de entretenerte tipo bufón, o los que con un apretón de manos desangelado, o un golpecito gélido en la espalda hacen ver que les importas. Creen que así te hacen un favor, pero en realidad el favor se lo están haciendo a ellos mismos, ya que así no tienen que lidiar con sus propias emociones porque les aterra, o no les interesa en absoluto el debacle emocional por el que estás pasando. Digamos que practican un slalom emocional enmascarado de falso altruismo.
También están los r2d2, androides que reproducen frases que han oído por ahí tipo: “ya, bueno es una etapa, ya se pasará”, o “lleva su tiempo, es difícil, pero lo superarás”. Y mi preferido: “es ley de vida”. Sí, la muerte existe, he pagado 6000 pavos y es ley de vida.

Existen también los entendidos peritos del duelo, que te hacen spoiler de lo que ellos suponen que te va ir ocurriendo: “uf, vas a tener dos, tres años muy malos, prepárate”, o: “tranquila, solo el primer año es el más dificíl”, o: “el duelo tiene cinco etapas, al principio estarás más triste, pero ya verás que después viene la aceptación”. Cada uno con su peli.
Aunque considero más peligrosos a los entusiastas que te dicen que la muerte trae un regalo y que crisis en chino significa oportunidad. O peor aún, a los dictadores de felicidad que te exigen positividad ante todo ya que consideran que llevas demasiado tiempo de luto: “tienes que tener una  actitud más positiva, fijarte en lo bueno que tienes” o, “estás muy negativa, todo irá mejor, céntrate en lo positivo”. El optimismo violento, la exigencia de ser feliz y sentirse mal por estar mal. Ves en sus caras la incomodidad de lidiar contigo y su tensión encubriendo y disimulando la realidad, no vaya a ser que les contagies la pesadumbre.

También nos encontramos a los que te iluminan con frases de sabiduría yogui tea:  “el aliento es la voz de tu alma”, “usa tu cabeza para vivir con corazón o “esta vida es un regalo”. Si no tuviste un shock en su momento, ten por seguro que lo tendrás justo después de que te digan que la felicidad es tomarte las cosas como son y que fluyas.
Luego están los místicos infectos que te canalizan –sin pedírselo– mensajes sobrenaturales tipo: “tuve un sueño y ella está bien”, o: “he contactado con ella y me ha dicho que te diga que estés tranquila”. Oye, y por qué te iba a venir a ti, ser inmundo, que casi ni te conozco, ¿a que me digas que ella te ha dicho que yo esté tranquila? Oyes a lo lejos cómo estos narcisistas místicos intentan convencerte de su conexión espiritual mientras tu cuerpo pesa en una sensación desgarradora y a la vez te sientes fuera de ti mismo.

Por otro lado, algunos adquieren un comportamiento parasitario y les parece de ley tener que solucionarte la vida y asumir el papel de salvador cuidador. Te están pidiendo un donativo, una limosna de caso para nutrirse de tu pena. Les encanta la pena, pero no para ayudarte a sobrellevarla, sino para sentirse útiles. En realidad tú les das igual. Te dan consejos que no les has pedido y pretenden que los lleves a cabo, si no lo haces es que no te quieres poner bien, estás cerrado y eres un tozudo. “Deberías buscar apoyo… ¿por qué no haces terapia?” O, “¿por qué no te apuntas a un vipassana?”. Sí, ahora mismo lo que más deseo es experimentar las verdades universales y sublimar mi ego, claro. Y clavarte en el ojo cualquier objeto afilado desde mi conciencia agudizada también. Estos tipos son muy fans de usar la culpa para hacerte sentir peor. “no sales mucho, te estás encerrando. Ves de excursión, siente la naturaleza, te irá genial. ¡Haz un picnic!” Mientras tu tratas de resignificar el amor, la muerte y el sentido de la vida, existe una tipa que te dice que hagas un picnic.

Y los que me caen mejor, francamente, los que van directos y eficaces a eliminar el problema: los expertos anestesistas. “Toma, te he traído un gramito de diazepam para que duermas bien hoy, mano de santo”. O: “cariño, mira, un trankimacin, te irá bien para aguantar todo lo que estás pasando”. Luego están los más discretos, que te miran sin decir nada y te las meten en el bolsillo. En algunos funerales verdaderamente rulan las pirulas. Metes tu mano en el bolso y te pierdes entre blisters de 0,25g, 0,50g y 1g. Eres el poseedor de una farmacia móvil. Benzodiazepinas de liberación prolongada. Y después de todo, llegas a tu casa con los diazepams, con un “llámame siempre que quieras”, te desnudas, te metes en la cama, te abrazas al cojín o te aferras a la pata del perro y lloras solo. Es triste, pero es lo más real del día.

Parece ser que para pasar un duelo, una pérdida o una separación o bien te anestesias, o bien te ocupas. O te cueces a series non stop o aprovechas el dolor para producir y aumentar tu capital social –cómo vas a quedarte ahí sin hacer nada, ¿estás loco?–. Según C Lewis el duelo es otra etapa del amor y jamás tienen que verse por separado, pero el dolor es tal, que uno cree que lo mejor es taparlo y esquivarlo por pura supervivencia.
De todo esto he aprendido cuatro cosas, la primera: que la muerte sigue siendo un tabú emocional, aunque vayamos de libres y desinhibidos nos aterra. La segunda: nos asusta mucho el silencio, sentir y sentir a los demás. La tercera: que la sociedad y el sistema funcionan por su misma prisa y no existe espacio a la contención emocional y mucho menos a tener tiempo para recomponernos sin culpa o miedo a no llegar a fin de mes. Lo que me lleva a la cuarta: pasar un duelo es de privilegiados. Tomarse un tiempo para dar cabida a la tristeza, la ira o la confusión, cabida a la culpa de no estar productivo, la culpa de no saber, la rabia de sentirte lejos del resto, la parálisis, la angustia al vacío tan presente y la melancolía de lo que nunca vendrá. Cómo lidias con tu dolor repercute la manera en la que amas y parece que la forma de amor que nos tenemos es con desatención, indiferencia y pasividad. Así que mejor no pares de hacer y decir cosas para huir de la responsabilidad que conlleva la herida. Ante la responsabilidad de la pena, galopa amigo mío.

–ilustración de david shrigley–

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