Por cierto, también eres fetichista y tampoco lo sabes

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No hablo exclusivamente de pies, pvc, o catsuits de látex. Tampoco hablo de los fetiches africanos o muñecos vudú utilizados para hacer brujería. Ni del filósofo alemán Karl Marx, el cual acuñó el término para referirse al fetichismo de la mercancía, concepto que se caracteriza por la ocultación de la explotación de los obreros por parte de la sociedad capitalista –al presentarse las mercancías ante los consumidores sin que ellos la vean–. Tampoco hablo de eso, aunque todos seamos realmente responsables de ello. Menos aún hablo de mi querido Freud, el cual retomó la palabra fetiche para adoptarla al contexto sexual de las parafilias. No mis queridos fetichistas, me refiero a la atención, el interés, la disposición. La palabra fetichismo proviene del portugués “feitiço”, que significa hechizo, y te preguntarás, ¿y qué mierda tiene que ver la atención, el hechizo y el fetichismo?

Ernest Becker, grandioso antropólogo cita en cuanto a la atención: “cuando usted se ve obligado a cerrarse a la multiplicidad de las cosas, debe también centrarse en un dominio restringido; y cuando no pueda comprar ni valorar cada cosa libremente, acabará atribuyendo una importancia desproporcionada a cosas que no la merecen. Es así como terminamos exagerando artificialmente una pequeña región de nuestro mundo y le otorgamos un valor especial en el horizonte de nuestra percepción y nuestra acción. Y actuamos así simplemente porque ésa es una región en la que podemos mantenernos firmes, podemos manipular diestramente y podemos utilizar fácilmente para justificar nuestras acciones, nuestra sensación de identidad y nuestras alternativas vitales”.
El fetichismo consistiría en asignar una atención exagerada hacia una cosa en concreto. Un significado excesivo a algo más bien limitado. Es decir, nuestra propia estrechez de mente es fetichista en sí misma. Nuestro cerebro selecciona y filtra la información de su entorno dependiendo de dónde focalice su atención. La atención que le prestas a las cosas y a las personas. La atención que espero que le estés prestando a este texto más que a la fotografía. La atención que te desvía de lo que está sucediendo a tu alrededor, excepto de tu mundo interno, si es que tienes uno. A qué frase le prestas mayor atención y qué interpretación le das. Qué valor cognitivo le atribuyes a las cosas que te pasan.

Tu mente y en consecuencia tu carácter, se va modelando con respecto a lo que le prestas atención –¿escoges a lo que prestas atención o lo haces de forma automática?–. Construimos unas creencias, unos gustos, unas tendencias y unos hábitos según lo que creemos que queremos. Quizás te has creado un ti mismo que no has escogido tú. Quizás no eres ni tú mismo en ese fetichismo en el que vives. Quizás solo has visto unas pocas partes de ti, obsesionado con los tacones de aguja, con los hombres alfa, o con tener unas grandes tetas, o con tener un novio con moto, o con ser madre, o con tener reconocimiento. Con tener pareja, con ser famoso, o con “ser feliz”.
La atención te constriñe en todo lo que crees que te gusta y te provoca placer, cerrándote las posibles cosas, personas o situaciones que te provocan inseguridad. Convivimos con el fetichismo virtual –comunicación cerrada y superficial en redes sociales–, amor fetichista –mismo tipo de relaciones–, fetichismo cosmético –todas las que se maquillan que parecen un payaso inexpresivo–, fetichismo de moda –todos vestimos igual–, fetichismo mental –tenemos unas creencias sociales fundadas y establecidas, pero no examinadas. Fetichismo artítico, fetichismo cinematográfico, fetichismo informativo. Fetichismo musical, fetichismo cultural. Cerrados en nuestro sesgo perceptivo.
No verás a alguien haciendo un café con otro que le cae mal solamente por investigar. O alguien que se lleve un libro que jamás se leería a un viaje. Vestir de manera que me haga sentir ridículo y pegarte un buen paseo. Hacer algo que a uno le repugne o probar experiencias sexuales que juzgue como inmorales. No. Eso no, porque nuestra atención nos desvía de lo que nuestra mente nos dicta.

Pero, ¿y a lo que no le prestas atención? ¿Lo que has eliminado, censurado y prohibido de tu consciencia? Eso de lo que se quejan siempre de ti tus parejas, es de lo que siempre hace que te despidan. Esos puntos ciegos de ti mismo. Ese margen que te auto impones por ignorancia, por ceguera. ¿Y si en ese margen está lo que te sienta bien realmente? Deja de buscarte a tíos masculinos que te empotran y te hacen sentir femenina. Quizá te van más los omegas. Ah no, que tu percepción de la atención no llega tan lejos. Imposible para ti experimentar otro tipo de cosas que no estén dentro de tu rango. Perdona, pensaba que la plasticidad cerebral con respecto a la atención no era un mito.
La capacidad de tu neurología en poder realizar más de una tarea es cuestión de práctica. Aprender a focalizar la atención en lo que te niegas de ti mismo es cuestión de agallas. La curiosidad está muriendo.

Quizás te va mal en un aspecto de tu vida porque eres un estrecho de miras. Quizás tus novias son todas iguales porque insistes en achacar la culpa a los demás, quizás estés frustrado con tu trabajo y quieras otra cosa que no acabas de averiguar precisamente por tu fetichismo vital. Quizás quieras comerte los caramelitos asidos a los pechos de esta gacela y no te consideres nunca bollera. Quizás quieras comértelos antes que reflexionar acerca de tu fetichismo restringido y reducido. Limitado de ti mismo.
Ah, pero cuidado, que no solamente tú mismo eres lo que te sesga y te desvía de tu atención, sino que la presión social de este estado totalitarista nos redirecciona a focalizar nuestra atención para atontarnos. Aunque en eso focalizaré mi atención otro día. De momento: candy neoliberal a la disposición de su atención.

 

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