Ponte bótox, así no se te nota la amargura

botoxmanfrostalskdfjaposdflpjad_465_413_int

La cultura moldea la forma en que consideraremos qué es lo deseable, lo atractivo. ¿Creéis que lo habéis escogido vosotros? No. Lo ha hecho el consumo, las empresas publicitarias, las ventas, la avaricia, el miedo y la propaganda. No todo lo que consideras atractivo, ha sido fruto de tu libertad de elección. Como dice sabiamente Edward Bernays, «la propaganda nos rodea por los cuatro costados y no cabe duda de que altera las imágenes mentales que nos formamos del mundo».

Pienso en la cantidad de personas que se operan por la única razón de mostrarse más deseables. ¿Somos conscientes de hasta qué punto podíamos operarnos por moda y autoengaño?, ¿odiarnos por no cumplir las expectativas de una talla de pecho 100 en adelante, de una nariz perfectamente recta, una barbilla armónica o un cuello terso? ¿Presionarnos para recibir la aprobación de las miradas ajenas? Las apariencias que queremos vestir a diario nos llevan a un nivel de exigencia brutal por el esfuerzo hedonista de tener esa vida, esos “amigos”, tener ese culo o querer esa pareja, cuando la pura verdad es que en esta representación no tan perfecta que es la realidad, uno es anoréxico, la otra depresiva, otra sufre ansiedad severa o de una inseguridad galopante.

El historiador y sociólogo Christopher Lasch cita: «el miedo moderno a envejecer y morir es constitutivo del neonarcisismo: el desinterés por las generaciones futuras intensifica la angustia de muerte, mientras que la degradación de las condiciones de existencia de las personas de edad y la necesidad permanente de ser valorado y admirado por la belleza, el encanto, la celebridad, hacen la perspectiva de vejez intolerable». Nadie quiere sentirse excluido de la sociedad, de hecho, en nuestra cultura ser queridos significa tener atractivo y popularidad. Y los viejos no son atractivos ni populares. ¿Solución? Ponernos bótox. Inyectarnos falsa seguridad para no sentirnos excluidos del mercado. Sustitución de la toxicidad emocional por la química. Inyección de bacterias para sentir atención. Disimulo de la decrepitud del alma. Parálisis nerviosa. Confrontar a Cronos con toxina butolínica.
Y así, adormecemos nuestras emociones por la imagen enfriándolas hasta su anestesia, viviéndonos a expensas de nosotros mismos. La nueva adicción: inyectarte atención para paralizar tu empobrecimiento espiritual. Estás fatal, triste y solo, pero ¡eh! ¡No se nota!

Ponte el botox y oculta que en realidad estás amargado. Al final, cualquier depresión se tapa con un buen maquillaje.

 

 

 

No comments

Leave a reply