Parejas

Una vez conocí a un hombre que a la tercera cita me dijo que se había enamorado de mí. Me extrañó bastante que ese ser aparentemente inteligente sucumbiera a su propio autoengaño (incluso si era una pésima estrategia para llevarme a la cama). Yo le contesté que no era exactamente así, que en realidad confundía el deseo con el enamoramiento. “No estás enamorado de mí’’, le dije, “estás desesperado de ti’’ (aunque creo que a día de hoy aún no lo ha entendido). Eso es lo que observo hoy en día: parejas que se unen por angustia. Y es justo ahí cuando se produce la gradual matanza, con tanta fusión y tanto rollo moderno de la unificación, creando renovadas formas de relaciones sociales. Parejas que no se caen bien pero siguen aguantándose, parejas que ya no se desean en absoluto y van al terapeuta a que les aconseje cumplir una fantasía sexual y salvar lo insalvable. Parejas que son compañeras de piso porque ante todo, se ahorran la mitad del alquiler. Parejas que son un equipo bien avenido pero no follan jamás. Parejas que dependen infantilmente el uno del otro. Parejas que cuando lo dejan, sus vidas se paran y quieren morirse (no es una carnicería, es solo una ruptura, tranquilos). Parejas que no suman, sino que restan. Y el holocausto interno llega cuando nos hemos olvidado de cómo hemos llegado a esa situación y de cómo éramos antes de que la ansiedad confundiera el: te quiero cariño, con el, te tolero cariño.

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