Odiar exige amor



acaja

Cuando hablo de odio no hablo solamente de un ataquito de rabia. Una cosa es la descarga de rabia para protegernos frente una amenaza –esta agresión permite la comprensión posterior–, otra bien distinta es el odio como pasión, como actitud y como forma de vida. El odio como una postura, “como ingrediente básico de la existencia de alguien que vive exclusivamente para el odio” como dice Castilla del Pino. La mujer o el hombre que sigue odiando a su pareja por dejarla. El hijo que odia a sus padres, el amigo que te traicionó. El odio gratuito en la calle, en cada tweet. El odio de los de derechas a los de izquierdas, el odio a un hermano, a un compañero de trabajo o a ese hater que ni conozco. Esa fuerza cruel y despiadada, ese nervio desde la entraña, corrosivo y mordiente. Un deseo poderoso de destrucción que tiñe la objetividad. Esa fuerza irracional que se legitima a sí misma. La adrenalina irracional y corrosiva que desea herir y aniquilar al otro, castigarlo y arruinarlo. Odiamos lo que nos parece una amenaza a nuestra identidad e integridad por lo que, en principio, serviría para hacer desaparecer dicha amenaza. El odio anhela el aniquilamiento, pero es solo una quimera. Odiar tendría sentido si una vez desaparecido el objeto odiado nos sintiéramos satisfechos, pero no es así. La viuda que sigue odiando a su ex marido porque la traicionó, el hijo que odia a su padre muerto, el chico con nueva pareja que todavía se siente abandonado por la anterior relación. El odio te amuralla creyéndote poseedor de la razón, dueño de tu verdad rígida e inamovible y víctima de los demás miserables que no están a tu altura. Estás solo con tu odio. Bienvenida úlcera.

Tendemos a calificar la rabia o el odio como algo malo. Cuando te dicen: “no odies, odiar está feo”, es como si te dijeran: “no ames”. Spinoza hablaba de odios buenos y odios malos, pero amar también lleva a la catástrofe, por lo que también podríamos hablar de amores buenos y malos. El odio es bien curioso: deseamos tener al otro lo más alejado de nosotros, pero resulta que no, que cuanto más pensamos en aquello que odiamos, más rechazo sentimos y contradictoriamente, más apego. Como si el hecho de odiar a alguien lo atrajera más hacia nosotros. Eso que odio me posee a mi pesar, cual parásito, recordándome a todas horas su existencia, como si en realidad el odio nos poseyera a nosotros y no al revés. El odio no es carencia de amor, si no sentiríamos una indiferencia sana hacia el objeto de nuestro odio. Lo que no solemos pensar es que a veces el odio nos vincula de forma más poderosa que el amor. Odiamos lo que nos importa. Odiar exige amor. 
No se odia a quien se considera inferior, no odiaríamos si no sintiéramos que el otro es una amenaza. El antisemita odia al judío no porque crea que es inferior, aunque eso es lo que se cuente, sino porque lo considera una amenaza. El otro representa algo en mí que desprecio, por lo que el odio exige previo autodesprecio. Odiar a otro exige cierto autodesprecio a uno mismo, por lo que aceptar que uno se siente impotente frente a lo que odia y asumir las propias deficiencias seria un atentado narcisista. Es imposible odiar sin despreciarnos a nosotros mismos. Pero claro, imposible hacer ver al ario que en realidad se vive inferior consigo mismo.

Si alguien me rechaza, me abandona o me traiciona, el odio hará la función de “protegerme” de sentirme herido, ¿pero por cuánto tiempo? Permanecer fiel odiando al otro nos estanca en un bucle estéril. El odio es superficial y jamas te podrás librar de él si no miras más allá. Si confesáramos nuestro odio dejaríamos al descubierto nuestra propia impotencia, pero ahí está el amor a uno mismo. El odio es una forma de auto-ocultación de una herida propia. El odio es una enajenación del dolor. Cuanta más agresividad y más odio, más miedo. Odiamos porque nos sentimos impotentes y preferimos el ejercicio del odio externo que mirar nuestro dolor hacia dentro, por lo que puede ser usado como una puerta de entrada al amor hacia uno mismo.

Cuando amamos le quitamos al otro toda negatividad y cuando odiamos le quitamos toda positividad. El amor o el odio no deberían vivirse por separado, las emociones son bipolares, por lo que sería interesante reconocer lo positivo de quien odiamos y lo negativo de quien amamos. ¿A quién odias y para qué? ¿Hasta qué punto te rechazas a ti mismo? Nadie satisfecho puede odiar. El odio es auto odio.

 

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