Neo Depresión

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Según la OMS en la actualidad, 300 millones de personas en el mundo sufren depresión y parece ser que debido a su crecimiento exponencial, será posiblemente la primera causa de discapacidad en el año 2030. Más de 800 000 personas se suicidan cada año en el mundo, lo que representa una muerte cada 40 segundos. En España, 3.600 al año, eso equivale a 10 muertes al día.
Y no hablo de tristeza, apatía o melancolía debido al rechazo o a la pérdida, sino a la sensación de fracaso, de incompetencia, fatiga, inutilidad y vergüenza. Hablo de la ansiedad y la depresión como forma de adaptación al malestar de la cultura.

Hoy tú eres tu negocio y con ello tu propio empresario, por lo que debes rentabilizarte, optimizarte, gestionarte, desarrollarte, superarte, reinventarte, esforzarte un poco más, ir más allá, un poco más va, seguro que todavía puedes un poco más. Debes conseguir ser lo mejor de ti, sacar tu mejor versión, tu máximo potencial y todo en pos de la libertad. Libertad por cierto, basada en el propio sometimiento. Ah, y si no consigues éxito, o nadie se da cuenta de lo que te esfuerzas o no consigues “recompensa”, lo único que te queda es la culpa de no ser digno para el sistema. Lo siento, no eres suficiente como humano por no haber aprendido a esclavizarte a ti mismo para conseguir la tan ansiada zanahoria del capitalismo. Eres un fracasado.

Nuestra sociedad está rota, fragmentada. Este capitalismo financiero destroza lo humano, siendo nosotros a la par víctimas y verdugos de esta masacre de la sensibilidad, esta aniquilación de la ternura. Vivimos en una guerra silenciosa pero permanente que nos expone a un sufrimiento psíquico y emocional. Somos individuos luchando unos contra otros y compitiendo violentos, sin un intercambio real humano y sensible, sin una comunidad que apoye y aconseje. Aislamiento psíquico, hiper control, competitividad agresiva, precariedad e impotencia social. Mediatización de los afectos, hiperestímulo, inmediatez, estrés y ansiedad. Digitalización del tiempo, hiperconectividad solitaria, máxima productividad. Cansancio y culpa, mucha culpa.
Centennials que narran historias concatenando hilos de tweets, consultan sus preocupaciones en Google, se relacionan por apps, aprenden de su sexualidad en Pornhub y su propia valoración se mide según sus likes en Instagram. Jóvenes buscando validación en esta era incierta y solitaria. Jóvenes inseguros, jóvenes desarraigados, ansiosos y sin futuro. Nativos digitales tristes, apáticos y pasivos, insatisfechos y desilusionados.

Vivimos una transformación del lenguaje y la semiótica, presenciando cómo las nuevas generaciones, llamadas generaciones conectivas, aprenden más de las máquinas que de las voces de sus padres, provocando un cambio en la relación entre significado y significante. Ya no aprendemos a través de los afectos, si no a través de la sintaxis virtual. Giorgio Agamben, filósofo italiano, afirma que “la voz es lo que conecta el cuerpo a los sentidos”. Si se reemplaza la voz por una pantalla, los sentidos se derrumban, el cuerpo se desconecta, los afectos se congelan, la sensibilidad se entumece y el erotismo muere. Por un lado anestesiados, desconectados del cuerpo y aislados, y por el otro, sobreexcitados constantemente. Saturados de vacío.
Un estudio de la Universidad de California en Los Ángeles ha demostrado que el sistema límbico y la corteza prefrontal –que regulan las respuestas fisiológicas ante un estímulo, el estado de ánimo, la toma y resolución de decisiones–, crea conexiones y las apaga para poder reaccionar ante diferentes situaciones, pero los cerebros depresivos no tienen la misma habilidad de apagar dichas conexiones creándose una saturación en el procesamiento emocional. El aislamiento del individuo, la hiperconectividad de la tecnología y los flujos constantes de información saturan nuestras sinapsis. Tecnoestrés y tecnoansiedad. La depresión como resultado y como forma de compensación a la hiperestimulación neural. Esto es, la depresión neoliberal: el hundimiento de vida como descanso ante la hiper exigencia y el vacío como único silencio.

Hace poco hablé con un chico de 23 años, sensible, inteligente y muy cultivado. Venía por síntomas depresivos diagnosticados por sus varios psiquiatras a lo largo de 7 años. Sin ilusión por trabajar y observador pasivo de la destrucción de la humanidad, como decía él. A pesar de estar apático, triste y de tener aires huraños, tenía un discurso lúcido y perspicaz. El sistema lo había dado por incurable por no asumir su propia responsabilidad bioquímica: “tú eres el responsable de tu enfermedad, de tu serotonina y si no te curas es porque tus creencias no te dejan y debes reprogramarlas”. Más basura neoliberal de tú eres el único responsable. Él me decía: lo normal hoy es que estés deprimido, lo raro es adaptarse a la locura de este sistema. O adaptado y loco, o cuerdo y solo”. Sus padres querían que dejara de hablar del fin del mundo, que dejara ese desprecio por la humanidad en general y que hiciera algo con su vida. “Estar deprimido es hacer algo”, les contrarreplicaba. Para él, la depresión era una forma de disidencia política. Un arma de doble filo, ya que según mi punto de vista, la apatía, la abulia y la depresión también forman parte de este cadáver del capitalismo que hemos creado como forma de mantenernos anulados –a no ser que juntos decidiéramos parar y declararnos en huelga y descansar. La pereza como revolución–.

Muchos profesionales –ya caducos– que deberían asistir en estos casos, no ven la relación de la persona con el ambiente, no tienen en cuenta las raíces sociales, económicas y políticas del individuo. Separan a la persona del medio y lo hacen único responsable quedando expuesto a la culpa, la represión de la rabia y la victimización como única vía. Más allá de tratar la bioquímica o las experiencias infantiles, siguen haciéndose preguntas que requieren respuestas del pasado que ya no sirven, creando un círculo de sufrimiento todavía más dañino.
Por otro lado, entiendo que la terapia también puede ser una forma de engaño, ya que el mismo mercado pone a nuestra disposición mil y una terapias, como hoy todo estresa y todo enferma, hasta la autoayuda más mediocre es terapéutica. No solamente juzgo la comodidad de enviar al chico “inadaptado” y “deprimido” a que haga terapia como única forma de arreglo y la comodidad del profesional de adaptar al chico a sus doctrinas. Juzgo la presión individualista, la indiferencia social, el desinterés del bienestar del vecino y la frialdad que tenemos ante el sufrimiento ajeno. Se trata que entre todos nos hagamos responsables como individuos de cómo afectan nuestras acciones –o inacciones– al sistema, y a su vez, ser conscientes de cómo nos afecta el ambiente al procesamiento de nuestras emociones.

La depresión y la ansiedad son la nueva epidemia, y vienen para quedarse y extenderse cual virus. Siento mucho que mis expectativas de futuro no sean optimistas. Solo puedo decir que lo único con valor que veo es que nos protejamos unos a otros, que promovamos una vida crítica pero afectuosa. Una vida de honestidad y autorresponsabilidad emocional. Expresar el descontento, socializarlo. No aceptar la culpa, juntarnos, diversificar nuestros afectos, colectivizar nuestras emociones y compartirlas. Canalizar la hostilidad y usar la acción en grupo como terapia social. Crear espacios empáticos, espacios de escucha, sin validar ni rechazar, solo escuchar. Espacios conjuntos tiernos para tiempos fríos.

 

 

Cuadro de John Jackson.

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