La comunicación pornográfica

coloring5

Hay que medir lo que uno dice. Uno no puede decir lo que realmente piensa, y mucho menos, escribirlo. Hay que reflexionar antes de hablar. Cavilar, meditar y hacer todo un ejercicio introspectivo antes de soltar cualquier improperio. Vivir mudo. Ser siempre recto, ecuánime y moderado. Moderno, pero muerto de instintos. O eso, o vivir consciente que hay y existen colectivos en las redes sociales que se incomodan y molestan con bastante facilidad. Hace dos días vi el post de un amigo en el que comparaba el número de muertos en bicicleta con el número de muertes por violencia de género. Qué interesante, pensé. Alguien valiente –que sabe que va a crear malentendidos– que por fin pone lo que piensa realmente en Facebook en vez de retales de frases de otros, clichés y pensamientos estereotipados. Le escribí un mensaje y me dijo que sabía perfectamente qué colectivos dentro de su grupo de “amigos” saltarían heridos debido a su post. Así fue. Hombres “sensibles” y mujeres “empoderadas” corrigiendo el desafortunado comentario en el que mi amigo solo daba datos y una opinión personal. Qué fácil y previsibles somos los humanos. No tardaron en asaltar el muro frases del tipo: “el comentario es demasiado doloroso como para aceptarlo” –la vida duele, le quería decir–, “no es lo mismo un ciclista atropellado en la carretera que una mujer asesinada en su casa”, o comentarios desafortunados del tipo: “que prohíban circular a las bicicletas en autopistas a más de 90km”. ¿Qué era eso? ¿Ronzales cerebrales, puntos ciegos, falta de plasticidad? Me pareció grotesco, casi patológico. La conducta que busca culpables evidencia la incapacidad de soportar el dolor y por ello, de aceptar la realidad.

Me metí en el hilo “conversacional” quejándome precisamente de la facilidad de ofensa con la que vivimos los humanos urbanos amaestrados. Ese día estaba más violenta de lo normal y pensé: al igual que un día se come mi enfado un taxista, la panadera, o mi hermano mismo, hoy se lo va a comer un desconocido, a ver qué pasa. Fui impulsiva, impetuosa y un pelín soberbia, pero no insulté, ni aproveché los posibles errores o defectos del otro. Qué fácil hacer que unos desconocidos te acaben llamando “loca” o “chica, estás fatal”, porque les has herido sus intachables valores.
“La información ya no se transforma en experiencia, el conocimiento no encuentra espacio en una sociedad que solo consume rápidamente, sin digerir” diría Rüdiger Safranski, filósofo alemán. Tragar información del exterior –bulimia psíquica como afirmaría Byung-Chul Han–. Tragar tragar tragar y vomitarla con pedazos y tropezones de ácido y bilis acumulada. El Facebook como vomitorio de la propia violencia contenida.  ¿Tenemos suficiente diálogo interno como para escuchar o leer al otro? Vivimos tan censurados con nosotros mismos que es mejor desaprobar y condenar de buenas a primera, una reflexión y un punto de vista.

El poder siempre ha tenido algo que me ha fascinado. Cómo el ego de uno quiere extenderse hasta le ego del otro y así ser el propio reflejo narcisista de uno, a través del otro. Comunicare significa hacer algo conjuntamente, unir o tener en común. La comunicación origina una comunidad. Para que haya comunidad tiene que haber escucha y hasta discusión. Facebook puede unir comunidades para protestar sobre algo, o puede diabolizar la comunicación a través de la exposición de un yo soy hipertrofiado. Según Byung, hay un punto que deja de ser comunicativo para ser acumulativo: “la comunicación sin escenografía es pornografía”. “La comunidad terrible es una suma de soledades que se vigilan sin protegerse, decenas de cuerpos aparentemente sin vida, separados por delgados tabiques de vidrio y tecleando en sus ordenadores”, declara el colectivo Tiqqun.

Me pareció triste que resultara tan fácil que unos desconocidos se sintieran heridos, tuvieran que defenderse y legitimizarán su derecho a cuestionarlos, y encima, por una niñata como yo. En la violencia de hoy, uno es víctima y verdugo, ya no hay explotadores y explotados. El mismo que se siente herido es el que infringe dolor. Me sorprendió que los mismos en contra de la violencia de genero ni siquiera conocieran su propia rabia. Me dolió ver cómo todos los humanos somos hipócritas y cobardes por naturaleza. Tememos a nuestra propia rabia, pero la rabia no nos teme a nosotros, así que se avalanchará sin tu consentimiento en forma de ego, lucha y defensa de valores y dirá que es en pos de la justicia. Hoy en día canalizamos la violencia que contenemos a diario a través de las redes sociales. Generalmente no somos conscientes de la manera cómo intentamos imponer a los demás las creencias en la que nos sentimos seguros. He ahí el retruécano de la violencia. Está mal vista, no debo sentirla, la voy a denunciar y abogaré por el respeto, pero luego no sé por qué, en mi intimidad me mola el bdsm duro. Algunas chicas que dicen ser feministas por ejemplo, las que te atacan por cualquier comentario que se te escapa fruto de herencia patriarcal. Cuidado, ellas son feministas, son más íntegras que tú, más lúcidas, y tienen la potestad de juzgar tu falta de respeto, de reflexión y tu exceso de tontería. No, ellas no se pajean con porno patriarcal, no. Ellas no han mendigado amor. No se han arreglado para el hombre ni han necesitado la aceptación masculina. Ellas jamás la han chupado aunque no tuvieran ganas, o han fingido un orgasmo.  Eso tampoco, ellas son rectas. Tú eres cautiva y esclava del sexismo.
Tenía muchísimas ganas de finiquitar mi acto en ese muro y ese hilo infinito de despropósitos con una frase del tipo “las mujeres no deberían utilizar facebook, volved a la cocina”, o algo parecido. Parece que hoy en día el cinismo o la ironía optan por la censura, y la libre expresión ya no es tan libre ni expresiva, y tiene pinta de seguir modas e imposiciones sociales por miedo y comodidad. La sátira se acabó, y con ella, la capacidad de reírnos de nosotros mismos. Nos estamos muriendo en vida.
No estaría mal que amáramos la rabia y el enfado, y supiéramos llevarnos bien con ella en vez de coleccionarla por miedo hasta explotar en redes sociales en modo infantil y en recinto seguro.

En este experimento pude ver cómo funciona mi propia violencia, hasta qué limite la controlo y hasta qué punto me controla ella a mí. Qué disparos funcionan en mí por inercia y cuales por miedo. Constaté lo poco reflexivo que es mi inconsciente, lo poco que nos conocemos a nosotros mismos, lo mucho que decimos conocer a los demás y comprobé, definitivamente, que las personas que me sacan de quicio, me inspiran.

No comments

Leave a reply