Maridos-padre con mujeres-hija

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Estaba en la cola de una librería cuando detrás de mí, escuché los gimoteos balbuceantes y suplicantes de dos niños.

—Paaaapiiii tengo hambdeeee

—Vaaaaaaale godi ahoda comemoozzzz

Ah, no. No eran dos criaturas. Eran más bien dos seres sobradamente desarrollados. Mujer, unos treinta, 1,70, labios rojos, taconazo. Hombre, unos treinta y cinco, 1,90, peludo, espaldaca. ¿Por qué? ¿Por qué se comunicaban como si fueran anormales? Era el mismo tono aflautado, de timbre estupidizador y aniñadamente artificioso que utilizamos a veces cuando hablamos a un bebé, vocalizando bien cada letra, exagerando y ajustando nuestra mimética física. Una cosa es usar el tono bebé y la otra bien distinta comunicarse a través de un lenguaje infantilizado. Poco a poco empiezo a fijarme en cómo se hablan algunas parejas. Al principio de la relación, la comunicación se presenta acorde a la edad, pero con el tiempo aparece sutil y gradualmente, esa ternura empalagosa del dialecto bebé conyugal. ¿Cómo pasamos del deseo, la pasión, el romanticismo, la ternura, al dialecto mamá? Gordi, peque, bebé, tonti, osito, gatito, quesito. Investigando, me sumerjo en realidades paralelas de hormonas, roles, teorías del apego, fetiches, pornografía y posibles resortes inconscientes. 

Sobretodo hablo de mujeres que llaman cosita a sus novios (o a sus penes). Novios que llaman bebé a sus novias. Mujeres que llamán papá a sus maridos. Poco a poco y según el grado de inconsciencia, ellas acaban hablándoles a ellos como si fueran las hijitas desprotegidas que necesitan someterse a una figura autoritaria porque en su interior aún necesitan un papito que las proteja y que las castigue de vez en cuando –uno no busca protección si no siente inseguridad y culpa–. Con un poco más de tiempo, la relación se aposenta y sucede lo inevitable: que la ternura que pueda despertarte tu pareja, se transforma en una demanda constante de caso que anuncia el declive sexual. Lo que empieza en un contexto inofensivo, acaba polinizando los roles de la relación. A ellos les puede excitar ofrecer disciplina, pero no tanto responsabilizarse de las necesidades de su hija-mujer. ¿Cómo lo harán en la cama? “No tengo sueñi, hadme ed amor. Adi, adi me guta”. La ternura se puede convertir en un automatismo que te conecta inconscientemente a tus apegos infantiles, y ahí lo tenemos: el circuito perfecto para encarnar el rol DDlg. Nada nuevo. Daddy Dom/little girl.

En otros casos, es el principio apocalíptico cuando una pareja tiene hijos y el hombre llama mamá a su mujer y la mujer papá a su marido. Yo no quiero casarme con mi padre, ni que mis hijos sean mis hermanos. ¿Y los que culturalmente llaman mami o papi a alguien durante el acto sexual? Me parece que es un tema de poder. Mami o papi tienen el control. Es como decir, amo o ama, jefe o jefa. Pero no…, según ellos no tienen daddy issues. Con franqueza no me lo trago. Puede parecer pornográfico y lujurioso decir “papi” mientras me arrodillo y procedo a ser tu hijita sumisa, pero precisamente ese es el rol que se establecerá en la relación fuera del sexo, y lo que hará que él tenga a una hija como esposa y por lo tanto, que no tarde mucho en interesarse por otra. Qué exagerada soy, ¿no?

—Godiiiii ¿me quiedeeees? Me quiedes ¿nooo? Dime que me quieeedeeees

Con el dialecto bebé, nuestro inconsciente nos transporta a años atrás, a ese momento de nuestra infancia en el que estamos cuidados, queridos, resguardados y atendidos. En el que nuestro bienestar no depende de nosotros y en el que nuestros padres nos aseguran supervivencia. De este modo, podemos descansar bioquímicamente del peso que supone la responsabilidad de ser adulto. La dopamina activa el sistema de recompensa, se libera cuando eres pequeño y tu madre es cariñosa contigo, protectora, y establece el apego y la dependencia necesaria. Como los orgasmos. La oxitocina en cambio, se libera primeramente al mamar, o en el abrazo entre madre e hijo, como cuando deseas que tu novio esté por ti las 24/7. Si una pareja se separa, sentirá lo mismo que un niño de tres años abandonado por sus padres: pánico, vacío, angustia, ansiedad. Como humano, tenderé a hacer lo que sea para volver a segregar dopamina y oxitocina.

Cuando una mujer va a tener un bebé, su cuerpo y sus hormonas cambian y se adaptan, en cambio la paternidad no modifica hormonalmente la libido masculina. El apego afectivo tiene que ver con el instinto maternal. Es bien sabido que la mujer-hija, guarda una potencial mujer-madre en su interior. ¿Será que llega un punto que esas chicas hablan así a sus novios para entrenarse antes de tener hijos?
Nos aseguramos la bioquímica de nuestro propio miedo a la soledad a través de la reproducción infantil del pasado. Sí papi…, efectivamente. ¿Te ponía un poco la nenita desprotegida y ahora te agobia la dependiente, verdad? Y después nos preguntamos porqué baja el deseo sexual en algunas parejas. Estoy a favor de nutrir al niño que todos tenemos dentro, pero no al adulto ignorante de su miedo.
Y al final, las ves acarameladas y piensas qué monas. Qué locas, pero qué monas. Pero están locas. O cuando me veo a mí misma encarnar dicha fantasía erótico infantil me resulta creepy, pero tierna, pero creepy. Ahí estamos, esclavos de nuestras hormonas y estupidizados por nuestros tonos de voz.

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