LOS YOUTUBBIES

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Durante las tres semanas pasadas me he dedicado a investigar y averiguar el florecimiento y auge, –y para mi opinión personal, posterior decadencia– del nuevo terrorismo comunicacional: los Youtubers. O sea, he perdido tres semanas de tiempo de vida. Hablo específicamente de los Vloggers, los que se graban a sí mismos hablando en frente de la cámara.

¿Qué es lo que irremediablemente hace que quiera ver un tutorial tras otro de maquillaje –incluso cuando no me maquillo–, ¿o presenciar sus vidas íntimas, confesiones, declaraciones o confidencias? Vistos tres, vistos todos. Dicen lo mismo, con el mismo tono, bajo el mismo protocolo y con las mismas palabras, defienden los mismos desérticos valores, bailan las mismas canciones y visten igual. ¿Qué especie de sensación extraña estimula anonadado mi cerebro ante tal repetición? A la semana de tragarme video tras video, solo podía ver repetición y estupidez. Venta y mercantilismo. Fans sumisos mimetizados. Miseria humana. A las dos semanas ya empezaba a necesitar mirar más, pero siempre con la excusa de tener que mirarlos para escribir al respecto, por supuesto. Mierda. Me había enganchado. Cada día me encontraba más narcotizada por mi misma estupidez. ¿Me engancha sentirme superior porque me parecían mediocres? Sentía placer al ser una voyeur de las intimidades ajenas? ¿Lo repetitivo me causaba comodidad cerebral? No encontraba forma de responderme a estas preguntas, hasta que ayer se me iluminó el cerebro –de tanto trance ya hasta me había olvidado de pensar–. Los Teletubbies.

Yo no crecí con los Teletubbies, gracias a Dios se estrenaron en el año 97, así que se lo tragaron los millennials –con padres crueles– que hoy rondan de los 16 a los 24 años. A mi sobrina le encantaban, se quedaba cautivada, hechizada con los conejillos correteando en un mundo coloreado con una aspiradora y cuatro personajes pegando saltitos. Yo solo podía ver pura perversión bajo una cuquería ingenua. Todo me encajó.
Por ejemplo, los nombres de los personajes Tinky Winky, Dipsy, Laa-Laa, Po, no se diferencian mucho de los vloggers Youtubers que tienen apodos y pseudónimos o eslógans que canturrean y repiten sin parar. Ese mismo nombre se usará después para llamar a los fans. Por poner un burdo ejemplo, si me hiciera llamar “la criticona” os diría: ¡hoooooola criticoneeeeeeeeeees! –con cierta histeria vestida de entusiasmo–. Y os convertiríais en un mero reflejo de mi personaje, seríais mis vasallos. Tanto los Teletubbies como los Youtubers representan para mí los nuevos bufones de la corte de esta era neofeudal, los cuales nos arrancan de nuestra propia desidia. De ahí el enganche.

Sin ningún tipo de fin educativo, cada programa Teletubbi se definía precisamente por la ausencia de guión. Episodios como “un día en el país de los Teletubbies apareció un muro” o “un día en el país de los Teletubbies comieron tubinatillas”. ¿A onde fuedon twinky winkie y Po? ¿A onde fuedon twinky winkie y Po? ¿A onde fuedon twinky winkie y Po? Así se las pasaban estos fantásticos y vivarachos elementos. Con los neoempresarios Youtubers pasa lo mismo: han nacido bajo la estrella de la profundidad y la reflexión con sus youtuconsejis, tags, challenges y resiliciencias varias. Una especie de hipnosis sedante de la conciencia humana directa a nuestro cerebro. Los Youtubers, o debería decir Youtubbies o Teletubbers crean la misma adicción de estupidez. En un ejemplo concreto, un Teletubber prueba caramelos junto con sus amiguis durante 16 minutos. 32 milones de personas han visto el video. Todo un país. Canadá tiene 32 millones de habitantes. Por otro lado, este tipo tiene 24 millones de seguidores. Taiwan tiene 22 millones de habitantes. ¡Teleestupidízate! Todo un Un país Youtubizado. Contouring, viajes, reggaton, ropa, cotilleos y fiestas. Videoclips vacíos de información y repletos de estupidez. ¡Dale al like si te ha gustado el video y suscríbete! ¡Dale al like si te ha gustado el video y suscríbete! ¡Dale al like si te ha gustado el video y suscríbete! “¡Quiedo mi tubinatilla, quiedo mi tubinatilla, quiedo mi tubinatilla!”

En realidad, los Teletubbies no tienen una personalidad determinada, pero los niños se pirraban por escoger quienes querían ser solamente basándose en su color. ¡Yo quiero ser el rojo!, ¡yo el morado! Dichos personajes actuaban acorde a lo que al narrador-dictador les sugería. ¿Semejanzas a los nuevos Youtubbies? Hacen y dicen lo que las marcas quieren de ellos. Creen abrirse en canal a sus telespectadores, pero en realidad exponen una parte de ellos que ya han decidido vender. Claro, las marcas felices de usarlos como vallas publicitarias. Ellos, por fin tienen lo que siempre han querido: pasta, éxito, fans y una vanidad bien alimentada.  Según Tiqqun, una publicación francesa filosófica “sería la dominación mercantil, definida como relación de complicidad entre dominantes y dominados mediada por la mercancía.” Las marcas lo han conseguido. Ya no necesitan a actrices famosas, exclusivas y modernas de cine que fumen para que el consumo de tabaco se amplíe al público femenino. Ahora somos nosotros mismos los que lo hacemos por ellos. Nos hemos teletubbizado. “El Espíritu se proletariza. Cierto prestigio que todavía se asignaba a la “cultura” acaba de romperse en pedazos. Una determinada lógica publicitaria de corto aliento quiere que se continúe hablando de “poetas”, de “filósofos” y, a partir de ahora con cualquier pretexto, de “artistas”, cuando desde hace mucho tiempo no hay, en esos roles de figuración, sino mercancías culturales en cantidades inflacionistas. Poco a poco, la “consciencia crítica” va ocupando un lugar en la economía general de la sumisión, en la que ha tomado el relevo de los antiguos signos de distinción social, que se han vuelto tan desmesuradamente obscenos.”

El estudio de la percepción subliminal durante la década de los 50 tuvo muy buen resultado “¿Tienes hambre? Come palomitas. ¿Tienes sed? Bebe Coca-cola”. Proyectaban mensajes invisibles con luz, que según los investigadores y después publicitarios, demostraron que los captaba el inconsciente y voilà, las ventas se dispararon.

Noté como en mis dos semanas anteriores estaba un tanto ansiosa por ver videos nuevos, y como mi plástico cerebro emitía, sin querer, frases parecidas a ellos, sentía deseos de hacer lo mismo que ellos y vestir como ellos. Podía entender a los fans que se han dejado arrastrar por la mesmerización viral. La hipnosis se ha hecho con nosotros en numerosas formas distintas. Ya no necesitamos nada subliminal, ahora ya es algo normalizado. ¿Cómo sabes qué cosas haces porque quieres, o porque así lo tienes grabado en tu cerebro? Hipnosis colectiva.

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