Lo real y su doble

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Digamos que el humano es un ser de múltiples cualidades, pero entre ellas no existe precisamente, la habilidad de afrontar e incorporar la realidad a la experiencia. El idealista que no quiere dejar su relación de pareja podrida porque un futuro mejor es posible, o el sacerdote prieto en sus pantalones que niega lo instintivo en pos de una sublimación espiritual. La ilusión como antídoto al peso de la realidad. Los humanos como los nuevos ilusionistas de nuestra propia sordidez.

Lo que tiene la realidad, es que se necesita asimilar el hecho que las cosas, por mucho que queramos, no son siempre lo que secretamente ansiamos. Por ejemplo, la chica que lleva meses siendo engañada por su novio, insiste en creer que este le es fiel, a pesar de todos los indicios que señalan lo contrario. Ella prefiere vivir en su mundo ideal de pareja estable y feliz que afrontar el dolor de la realidad. De ahí que en el fascinante ensayo El yo y su doble, su autor, Clément Rosset crea que el sujeto deba crearse un doble de sí mismo, uno que esconda todo el dolor y el sufrimiento que la persona no es capaz de sostener para poder seguir desplazando la realidad de la consciencia. En la psique de la persona se crea una escisión sangrante que se vivirá como disociativa, entre el yo real y el yo ideal. El yo real es empujado por el yo ideal, un doble hecho a medida de la ilusión, un doble inmortal, perfecto y satinado que esconde la herida del que se siente inútil, desagradable, feo y egoísta. El doble en socorro del yo herido –es curioso porque el doble trata de tapar todo lo que creemos negativo o juzgable, creando un falso yo que acaba convirtiéndose en un ente negativo al que juzgamos constantemente–.

El yo real de la chica sabrá que algo huele a chamusquina con su novio, pero su doble persistirá en su comportamiento ingenuo como si no hubiera visto nada. De este modo, el chico podrá llegar a casa con un chupetón y ella podrá hacerle la cenita por la ardua tarde que ha tenido en el trabajo. Como la habilidad humana de negar es apabullante, nuestra necesidad de crear un doble es acuciante. Escogemos vivir ciegos voluntariamente, desnutridos de objetividad. 
La imperante exigencia ante la escasez, no es más que una herida narcisista temprana e insegura que provoca un yo real dubitativo, indeciso e inestable, que se desdobla en cada selfie, mostrándose así como un reflejo insuperable. El doble no puede producir autoestima, está vacío, por lo que siempre será dependiente del otro. El doble, como mercancía, se verá hambriento de halagos y complacencias constantes que jamás le colmarán del todo, provocándole tarde o temprano, la ansiedad o la depresión por el olvido del yo real –la depresión, al fin y al cabo, no es más que una acumulación narcisista del yo–. Para escapar del vacío, el doble tiene dos opciones, como opina Buyng-Chul: coger una cuchilla, o el teléfono móvil. Cada selfie, como una autolesión. Una u otra, con tal de sentir algo. Como el doble narcisista solo puede verse a sí mismo, “el narcisista es ciego a la hora de ver al otro. Al otro se le retuerce hasta que el ego se reconoce en él. El sujeto narcisista solo percibe el mundo en las matizaciones de sí mismo. La consecuencia fatal de ello es que el otro desaparece”, como cita Byung-Chul Han. Por lo tanto, los vínculos narcisistas están vacíos de relación.


Una mujer que te mira a los ojos y te dice entre lágrimas que intuye que su pareja la engaña desde hace meses, pero que no podría dejarla porque se siente sola, y tiene miedo, y que tiene que madurar y aprender a confiar en sí misma más que depender siempre de los demás, mientras urde y teje estrategias de control y llamadas de atención para que su novio vuelva a ella. Su doble empuja fuerte para desplazar su yo real dolorido y apuesta por una vida segura al lado de su casto novio. ¿Cómo alguien puede ser tan consciente de algo y sacar otro tipo de conclusiones? ¿Cómo alguien piensa sobre su yo real y lo sustituye a su vez por una acción ilusoria? Clément opina que esta seguridad ilusoria es igualmente característica de un fenómeno semejante a la ilusión, aunque distinto: la tontería.” Según Rosset hay dos tipo de tontería, la de grado uno, irreflexiva y espontánea y la tontería de grado dos, utilizada no por estúpidos, sino por personas inteligentes y cultas que se dan cuenta de su propio autoengaño, pero continuan comportándose de la misma manera. Por cierto, eso parece totalmente incurable. La imbecilidad confirmada.
Es como el que está molesto, y te dice encolarizado que está muy tranquilo. Su doble lucha por mantener una imagen serena y súper zen. Tú percibirás su enfado, pero su doble lo negará, como buen doble, buen perrito. No hay nada que hacer, a esta persona se le ha tragado su reflejo. Así que no te preocupes si dices algún improperio, el doble tiene bulimia, vomita todo lo que viene de fuera porque es incapaz de asimilar lo real.

Hoy en día existe un desdoblamiento de identidad constante, tal es el nivel que la persona desdoblada jamás se sentirá reconocida en este texto. Incluso yo puedo estar desdoblada hablando del desdoblamiento sin saberlo. De hecho, todos somos clones que tratan de ser distintos y auténticos, y al final todos somos iguales por querer ser distintos. La realidad que nos queda es la de aceptar que tu novia, tu madre, tu amigo y tu compañero de trabajo son dobles. Somos dobles hablando con dobles, ¡dobles follando con dobles! ¿Y tú, perteneces a la tontería del grado dos?

Se despide con muchísima seguridad, auto confianza, soberbia y poderío, mi doble.

 

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