Libertad VS Compromiso

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Últimamente me contacta mucha gente preguntándome acerca de las relaciones y las estructuras de pareja. Me preguntan: Adriana, ¿qué hago? Tengo una relación desde hace tres años y quiero irme con otras personas, ¿hago mal? Adriana, no quiero sentir deseos por otros, pero es que no lo puedo evitar, ¿dime, qué hago, qué hago? ¡Como si yo tuviera la verdad sobre el amor, el enamoramiento el deseo o las parejas! Lo estudio, precisamente, porque voy perdidísima. Algunas personas quieren que les diga lo que tiene que hacer tipo sacerdote: hijo, coge el rosario, reza dos padres nuestros y tres ave marías. Necesitan a alguien que les expíe la culpa del deseo, la duda del amor, la angustia de la incoherencia. Alguien que les muestre “el camino correcto” para reposar de la gravedad de tener que escoger y probablemente, cagarla. Entiendo que hay veces que la realidad nos atraviesa el pecho como un puñal y preferimos relegar el peso a otro y descansar así de nuestra propia existencia. Pues lamento deciros que jamás ni un sacerdote, ni un terapeuta ni un amante, ni un padre, podrá redimirte de tu lucha interna.

Hay lío general: muchos no están cómodos en la monogamia, pero tampoco les acaba de convencer el poliamor, la soligamia, el novoamor, la anarquía emocional, ser flexisexual, swinger, híbrido… Perdona, ¿qué marca dice que quiere? ¿Qué relación desea consumir?, ¡escoja, escoja! Hay múltiples marcas para que pruebe, ¡cómprelas todas! Esto parece un supermercado lleno de etiquetas que te aseguran su eficacia. No hay claves para el éxito en una relación, ni cuatro pasos a seguir para que todo salga fantásticamente, lo siento. Tampoco el poliamor es más libre por el hecho de tener más cantidades de bricks o de personas para escoger. La libertad no tiene nada que ver con la cantidad y la monogamia no tiene nada que ver con la asfixia. El capitalismo te ha hecho creer que sí. Parece que la libertad significa cero responsabilidad. Caribe, churris, mucho sexo, ligereza, buenrollismo y algo fácil y fluido. O, por otro lado, el compromiso en una relación monógama se trata de exclusividad, fidelidad y amor eterno. Tres patas que deben conjugarse a la perfección para no tambalearnos, algo que requiere de más energía de control por miedo a perderlo que la sencilla ilusión de mantenerlo. Asfixia, control y aburrimiento total.
Todos queremos amar y ser amados y en esa búsqueda, la pérdida de uno mismo en pos de un ideal se transforma en una especie de búsqueda por la estructura que nos haga ser feliz forever. Perdidos sin nosotros mismos, pero tremendamente felices. Aquí hay algo que no cuadra: ¿en qué momento decidimos que vamos a secuestrarnos a nosotros mismo para engatusar a otro y así alcanzar la dichosa y cansina felicidad? No me interesan tantos los tipos de relaciones que existen, sino más bien lo que esconden: la poligamia como miedo al apego y la monogamia como miedo a la propia libertad.

Me gusta percibirnos como seres humanos con varios personajes dentro nuestro. En este caso, existe un personaje al que llamaré Philia, que clama libertad, cambio, novedad, individualidad e instinto de conservación, y otro, Eros, que se mueve cómodo entre el apego, la costumbre, el hábito, la rutina y el compromiso. Lo normal es que nos identifiquemos más con uno y atraigamos parejas que encarnan el otro lado. Incluso a lo largo de nuestra vida, habremos vivido los dos lados, siempre con otras personas que desea precisamente, el lado contrario. –No todo el mundo se vive así evidentemente, escribo solo para los que se sientan identificados–.

Philia

El personaje que clama por la libertad, el que huye en cuanto la cosa se pone seria. En cuanto hay estabilidad y compromiso saldrá corriendo. El apego le causa terror, de hecho tiene mucho miedo a fusionarse con otro y perder su propia identidad. No desea echar raíces, ya que eso le va a impedir disfrutarse como ser libre y cambiante, eso lo limitará a poder escoger y cambiar de hábito, de rutina, airearse en el cambio, sobretodo en el cambio de opinión. Es típico que estas personas tengan incluso miedo después del sexo, ese momento íntimo de complicidad y entrega, de desnudez del carácter. Esta ansia de libertad le hace guiarse por su propia sed de aprender, por su permanente cambio, por su ansia de aprender de aquí y allá, es fantástico, siempre que no se haga para evitar otra cosa. Mucho follar, muchas relaciones pero pocos afectos. Muchas opciones, muchas curiosidades y ansias de aprender, pero ninguna especialización. Mucha cantidad y poca responsabilidad. A eso no se le puede llamar libertad, podríamos llamarle desapego, pero no es un desapego de Buda ultra ascendido, sino el desapego del que se desconecta de lo que siente. De sentir miedo, específicamente.
Este personaje tan libre, en realidad ha sido un niño que ha vivido un desapego forzado en su infancia. Una muerte temprana, cambios de residencia, atención y desatención súbita, o cambios inesperados en la vida familiar. El miedo al compromiso suele surgir de un dolor infantil de corte súbito en el sostén emocional. El niño registra en su memoria que cuando tuvo seguridad, algo se jodió, así que la seguridad del apego no es una vía posible. Surge la creencia que si hay apego, entonces habrá abandono. Típico que después de adulto abandone antes que le abandonen, boicotee la relación para que le dejen o abandonarla no por nada, sino por el miedo ante un corte inminente. Bienvenido mecanismo de defensa forever. El miedo al rechazo y al abandono se vuelve un dolor crónico enmascarado de una bonita máscara llamada libertad y desapego. La mejor forma para este personaje adulto es entonces, vincularse a medias. Un estoy pero no estoy. Estoy contigo un rato, pero no demasiado ¡no vaya ser que consiga cierta estabilidad y me la quiten otra vez! Al miedo al apego lo llama libertad. (Ojo, es un pelín más complicado que esto, ya que hay personas que crecen con estos desbarajustes en su infancia y de adultos desarrollan una estructura muy firme y fija en el compromiso y la estabilidad, en vez de la desapegada, tratando de poner seguridad en ese miedo profundo, necesitando luego una o varias vías de escape. Dependiendo de las vivencias y del carácter de cada uno, cada personaje se desarrolla a su pedo).

Eros

Luego tenemos a otro personaje, Eros, el monógamo adorador de rutinas, de límites, de planes futuros y de controles varios. De fusión y pérdida de identidad para ser uno en la pareja. De celos y posesión, de ansias de comerse al otro. La monogamia hambrienta de ser uno y por fin estar en casa. Este personaje necesita profundizar en el otro, necesita conocerlo, intimar y quitarse las máscaras que cubren los miedos que a otros jamás les enseñarían. Necesita fusionarse, por lo que el hecho de pensar siquiera en perder su apego crea una angustia y un dolor sin igual. Un abismo, un vacío brutal. Va a tender al control y a la obsesión, ya que percibe que sin él, se muere. Se ha fusionado, ¿recuerdas? Una parte de su identidad se muere con la pérdida. Mucha intimidad, mucha complicidad y compromiso, pero poca libertad. Poca comprensión y poco disfrute.
De pequeño, este niño sintió que la seguridad se encontraba en el vínculo del apego con el otro, en la fusión simbiótica, sometiendo una parte suya en pos del apego con uno de sus padres. El padre o madre vuelca en el hijo todo su amor, pero también toda su frustración creando un vínculo de dependencia impidiendo a sus hijos a descubrirse a sí mismos durante su propio desarrollo afectivo. Estos niños una vez de adultos, necesitarán encontrar a alguien que supla ese vínculo de fusión y conexión totales. Está inscrita y grabada la experiencia de: si hay apego y fusión, hay seguridad. Solo que si hay fusión, hay también la pérdida de una parte de mi identidad para sentirme a salvo. De alguna forma, la libertad se vio coartada. La libertad es quedarse expuesto a la pérdida, por lo que el apego y el control de este me asegura el amor.

Tanto si habéis vivido como personaje Philia pero con miedo al abandono, o el Eros comprometido pero con miedo al abandono, al final ya veis que la ecuación da el mismo resultado. El abandono, el rechazo, la exclusión, el exilio. ¿Nos quedaremos sin esa seguridad infantil? En realidad, poco importa si eres poliamoroso o monógamo, o si no sabes lo que eres, o si no estás cómodo en ninguna estructura. La libertad puede ser también miedo al apego y compromiso puede ser miedo a la libertad. Quizá el problema no sea cómo concebimos las relaciones en sí mismas sino como nos relacionamos con nosotros mismos. Nuestra mejor y peor pareja.
Buscamos el vínculo a través de esta búsqueda inquieta e infantil para que los otros cubran nuestros espacios incompletos. Llamamos amor a la búsqueda de nuestra propia seguridad. ¿Es eso el amor al otro? Tendría sentido conocer nuestras carencias gracias a nuestros vínculos, pero no exigirle al otro que nos las sacie. Quizá lo suyo sea llenarnos a través de otros, no a pesar de otros, sin exigirles dónde, cómo ni cuánto amarnos. Así que no, no tengo respuestas para vosotros, los que me escribís ansiosos por una única verdad inextricable que os liberará de vuestras sordideces humanas. Dejad de encubrirlas con teorías, estructuras, formatos y moderneces. Sacar la mierda infantil, sacar el miedo y dejar de amar al otro solamente desde vuestra inseguridad. Libertad no es falta de responsabilidad y compromiso no es control voraz. ¿Cómo vivir entonces, la libertad en el vínculo? No existen relaciones libres sin responsabilidad afectiva, así que responsabilizaos primero de vuestro matrimonio interno.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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