Las redes sociales nos están convirtiendo en unos idiotas

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Acabo de terminar el libro de Jaron Lanier, escritor e informático, sobre por qué deberíamos abandonar nuestras redes sociales de inmediato. Argumenta, con diez razones de peso, cómo las redes sociales consumen nuestra alma. Lainer no quiere cargarse internet, sino que trata de mejorar la calidad del entorno digital. Se pregunta: “¿cómo podemos seguir siendo autónomos en un mundo en el que nos vigilan constantemente y nos espolean en uno u otro sentido unos algoritmos manejados por algunas empresas más ricas de la historia que no tiene otra manera de ganar dinero más que consiguiendo que les pague por manipular nuestro comportamiento?”

El algoritmo –que todavía no entiendo exactamente qué es–, se atiborra de datos cada segundo y determina qué vemos, cuando y en qué medida. Cuánto tiempo pasas en una web, qué videos miras y hasta cuándo, cuanto tardas de pasar de una cosa a la otra, dónde estamos cuando hacemos estas cosas, qué vemos antes de comprar algo en específico, y hasta qué expresiones faciales mostramos. ¿Tienes la regla?, ¿insomnio? ¿eres un poco hipocondríaco? Poco a poco el algoritmo va sabiendo más sobre nuestros gustos, nuestros miedos, nuestros deseos y hasta nuestros picos de ansiedad. El algoritmo no nos conoce, pero todos esos datos le confieren el poder de poder hacerlo y así poder modificar nuestra conducta. Los anunciantes aprovechan el momento para influir en nosotros con mensajes que han respondido otras personas de perfiles parecidos, colman de contenido nuestras mentes, nos aturden. –¿Anunciantes? En realidad no. Ya no se le puede llamar publicidad a la manipulación directa de nuestro comportamiento–. La publicidad modifica la conducta, manipula a la masa –a escala colosal– y así obtiene beneficio comercial. Este es el trueque: permítannos espiarlos y a cambio obtendrán servicios gratuitos. Permítannos dirigir vuestra atención a según qué contenidos y así poder dirigir vuestras elecciones. Permítannos ofrecerlos comodidad a cambio de hacer creeros que sois libres.

¿Cómo nos ha sido tan fácil volvernos adictos a las redes sociales?, ¿cómo han sabido construir un modelo de red social tan perfecto para tenernos a todos ahí cual toxicómanos? Sencillo. Han sabido ver cuál es el punto más débil de la psicología humana: la validación social. El aspecto social de tener buenas relaciones con los demás es esencial para sobrevivir. Lo que piensen los demás nos importa, y nos importa mucho. De lo contrario, la indiferencia o el rechazo, nos lleva directos al aislamiento y a la ansiedad social. Las redes sociales nos proporcionan pequeños chutes de dopamina cada cierto tiempo convirtiéndose en un bucle de validación social. Con dos me gustas ya no tendremos suficiente, necesitaremos más. Dos me gustas, tres me gustas, cien me gustas. Dos corazones, quince corazones, doscientos corazones. Ese me gusta, ese corazón, ese comentario, o ese mensaje, retroalimenta un bucle gustoso de recompensa y necesitamos vivir con él activado constantemente. Como perros amaestrados. Love Pavlov. No vaya a ser que nuestra dopamina decaiga y debamos gestionar estados emocionales tristes, vacíos o insatisfechos, hasta que al final no sepamos gestionar ninguna emoción profunda. Es subsidio de caso constante. Propina emocional. “Eh, tú vales”. Lo que decimos a través de redes sociales pasa por un filtro de valoración, y ahí, colocamos nuestro amor propio bajo constante escrutinio. Las redes sociales no valoran al ser humano, solo quieren nuestra dopamina constante, nuestra necesidad de reconocimiento y valoración. Todo pasa por la maquinaria de valoración, una evaluación contante de nosotros mismos. Casito a través de la competitividad y la jerarquía. Es más, este patrón repetitivo de nuestros mecanismos de placer está cambiando la forma cómo el individuo se relaciona con la sociedad, con la productividad y la economía. Y es que nos acercamos a un mundo cada vez menos humano.

“La adicción es un proceso neurológico que todavía no acabamos de comprender del todo”. El adicto es adicto porque pierde progresivamente el contacto con el mundo real, las experiencias y las personas reales. Emplea mucho tiempo en actividades relacionadas con la obtención de esa recompensa, le cuesta controlarse y se reducen sus actividades cotidianas en pos de la ingesta de atención. Adapta su sistema de creencias para consumir y que nuestro cerebro segregue ese néctar jugoso que llene esa cavidad de falta de atención. Sobretodo, es bastante posible que sea consciente de esa situación. El hecho de tener cien me gustas y de qué hacemos para conseguirlo modifica nuestra conducta. Estamos atrapados en mecanismos adictivos de modificación de la conducta, ofreciendo nuestros datos en pos de esa adicción para que otros se hagan ricos. Es más, ya no somos nosotros el producto sino que la modificación de la conducta se ha vuelto un producto en sí mismo. Todos proporcionamos datos al algoritmo porque estamos enganchados. Preferimos que modifiquen nuestro comportamiento y funcionar en piloto automático.
Mientras, nuestras mentes permanecen en un estado de alerta inducido que hemos normalizado. Es sábado, me escribe alguien por Watsapp, lo leo y debo responder, se va a enfadar si no lo hago. Estoy leyendo, ha sonado el teléfono, ¿será importante? Uf, ¿me habrán contestado el mail? ¿Cuántos comentarios me habrán puesto?, ¿y por qué tengo menos que en otro post? ¿Me ha vibrado el móvil? ¿Qué me habrá respondido este tío que en realidad me da igual por Facebook? Voy a ver cuantos likes tengo. Mierda, tendría que colgar algo rápido o se van a olvidar de mí, ¿no? La tecnología amplifica la estupidez, asienta la mediocridad y fuerza a la resignación. Nos volvemos más idiotas, más lentos e insensibles, pero sobretodo más tristes. Las redes sociales fomentan la división social, paran los afectos y estropean la empatía. La empatía, según Lainer, es el combustible que mueve una sociedad decente. Pero la empatía de hoy solo existe como forma de publicitar y promocionar productos para que compres.

Desconectarse de las redes sociales sería, en cierto modo, igual a morir. Somos toxicómanos de la validación social, por lo que dejarlas implicaría un síndrome de abstinencia y una sensación de aislamiento, cuando en realidad sería lo equivalente a cierto grado de libertad. No se trata de abandonar internet, sino abandonar las plataformas privadas de datos. La nueva revolución constaría en quitar los datos a estas compañías, escoger qué consumimos: de qué periódicos, de qué fuentes. Se trataría de escoger la información que llevamos a nuestro cerebro. No aceptar lo que nos dicen sin antes reflexionar de forma crítica. No basar nuestra autoestima en una validación robótica, competitiva y superficial. Irreal. Buscar el contacto con personas que no estén de acuerdo con nosotros. Que nos agiten, y también que nos abracen y nos escuchen. Establecer relaciones íntimas, sin juicios. Valorarnos por lo que somos, no por lo que hacemos ni por la cantidad de capital social que acumulamos. Pero aquí estoy, totalmente adicta, mendigando atención.

Y como sé que la crítica no llega a más sin la acción, me gustará inaugurar un grupo, unas jornadas de discusión, adictos anónimos, atontados redomados, necesitados de caso, un lo que sea donde podamos reunirnos y compartir nuestras adicciones y nuestras miserias. Nuestros miedos. Tipo: hola, mi nombre es Adriana Royo y soy adicta. Reírnos. Conocernos sin tanto filtro, compartirnos y apoyarnos. Porque aún sabiendo que me roban datos, que me espían, que me nublan la mente, que me manipulan el carácter, o que me disocien, sigo aquí, subiendo este post. A quién le apetezca que contacte conmigo y organizo algo. Hacedme caso por favor.

 

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