Las 4 cagadas de los terapeutas

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No existen escuelas que nos enseñen a ser humano. Eso sí, nos parece lógico que haya lugares que nos instruyan a ser psicólogo. Me parece increíble que pensemos que un terapeuta que no ha aprendido primero acerca de sí mismo, pueda practicar su profesión con soltura. Si tuviera que apoyarme única y exclusivamente en lo que aprendí durante la carrera universitaria –que no acabé–, de los libros que he leído, o de los máster o cursos a los que he asistido, ahora mismo estaría cometiendo las cinco cagadas que estoy a punto de exponer.
Primera cagada ya mencionada: el desconocimiento que tienen la mayoría de terapeutas sobre sí mismos como personas. Ser psicólogo no son cuatro años, dos de especialización y listo, sino que es cada día de verte tus miserias para luego reconocerlas honestamente en tus pacientes. No entiendo como en la carrera no hay unos años obligatorios de terapia. El terapeuta necesita ser primero paciente así como el padre necesita aprender antes a ser hijo.

Segunda cagada: el control. Para ser psicólogo debes focalizarte en un modelo de terapia, aferrarte a un método, especializarte. Debes tener un protocolo que seguir a rajatabla y no salirte de unos límites impuestos. Algunos me han dicho: Adriana, eres demasiado cercana con tus pacientes, te involucras, te vuelcas, eres poco profesional. Dices lo que sientes. Tienes que marcar límites, ser más fría, más autoritaria. Debes hacer más protocolos y marcarte una pauta. Haz las terapias en tu consulta, nunca fuera. Haz que duren una hora, no más. Sobretodo, no debes desear a tus clientes ni que ellos te deseen. A la primera transferencia, ¡derívalo! Parece ser que el terapeuta debe hacer todo lo posible para marcar una distancia emocional, posicionarse ligeramente por encima y ser frío. Castrarse y no desear. Claro, así no tiene que gestionar sus propias emociones. Curioso que el profesional que se dedica a ayudar a los demás con sus emociones y comportamientos le aterren sus propias emociones y comportamientos. ¿El paciente no acude a terapia precisamente porque sus límites lo están ahogando? ¿Cómo voy a ayudarlo si yo estoy más limitado que él? ¿Cómo voy a acompañar a alguien con un problema sexual si yo me tengo que castrar? Esto deriva en relaciones unilaterales. Yo no quiero que alguien sepa y me sugiera desde las alturas qué es lo mejor para mi desarrollo o mi evolución. El terapeuta también tiene emociones, pensamientos y vísceras y hay que aprender a aprovecharlas en terapia. Si alguien viene a verte es porque así puede desplegar y expresar su infinita inmoralidad sin juicios.

Muchos de los problemas humanos existen –a parte de traumas o situaciones de vida complicadas–, porque adaptamos una necesidad interna a una realidad externa. Todos queremos parecer normales adaptándonos a una realidad consensuada aunque estemos siendo infieles con nosotros mismos. Matamos nuestra idiosincrasia con normalidad –partimos de la base que todos somos anormales–.  El miedo a salirse de una técnica, de un formato, de decir lo que sientes y vincularte, es igual al miedo al descontrol. Nos creemos que el control es signo de salud cuando es totalmente lo contrario. El control por querer que las cosas sean de una determinada manera para que el paciente vea lo que yo quiero que vea. Si me descontrolo va a pensar que estoy loco, que no sé lo que hago, ¡que no soy confiable! Oh, qué pensarán de mí, ¡no me llamarán más pacientes! Yo no quiero hacer una terapia normal. Yo no quiero proyectar una falsa salud mental.

Esto nos lleva a la tercera cagada: no confrontar. Como humanos, tenemos el miedo de que nos rechacen y construimos nuestro carácter para protegernos. No será distinto en terapia. Si como humanos tenemos miedo al rechazo, como terapeuta también lo tendremos, así que evitaremos confrontar al paciente consigo mismo para evitar que se enfade con nosotros, nos abandone, se enfade, o dañe nuestra reputación hablando mal de nosotros. Una buena terapia consiste ir al lugar que se quiere evitar –pero no solo el paciente, sino también el terapeuta–. Hubo un paciente en particular que era especialmente neurótico, con el que nada más entrar en consulta me entraban ganas de bostezar. Al principio creía que es que era cosa mía, que no había descansado mucho, o que me faltaba oxígeno cerebral, así que lo disimulaba tapándome los bostezos bebiendo con una gran taza. Una vez conté hasta treinta y siete bostezos en una hora y media. A la tercera sesión me di cuenta de que me aburría soberanamente con él, así que creí que lo mejor era decírselo. Y es que me parecía soporífero. Al final, los problemas por lo que acudía a consulta tenían que ver con la falta de relaciones sociales, la falta de parejas en su vida y la falta de deseo. “Oye mira, es que eres un pelmazo. ¡Trabajemos desde ahí! ¿Crees que eres aburrido o estás aburrido de tu vida? Quizás lo que te pasa es que te aburres de ti mismo. ¡Yo también me aburro de mi misma!” Supe que podían pasar dos cosas: o que se enfadara conmigo, no volviera nunca más y hablara fatal de mí, o que fuera muy productivo. En este caso particular, pudimos adentrarnos a su soporífero mundo. La sorpresa fue que yo también conocí a una soporífera persona que habitaba en mi interior y ambos dos pudimos explorar el aburrido mundo de la neurosis. Al final del proceso acabamos riéndonos mucho. En otras ocasiones ha sucedido lo contrario y el paciente se ha ido farfullando y castigando mi falta de profesionalidad. Entiendo que a veces pueda parecer demasiado confrontativo y no sea para todos. “Quizás a ti no se te acerquen las chicas no porque tengas un problema con mamá, sino porque te huele la boca. Oye, quizás no necesites terapia, solo una limpieza bucal”. Espero que algunos se hayan dado cuenta, por lo menos, del dinero y el tiempo que les he ahorrado al no engañarlos haciendo terapia durante meses sin haber tocado el problema de fondo.
Otros terapeutas no confrontan a sus pacientes porque así no se confrontan a ellos mismos. Si acude a ti un paciente híper intelectual neurótico y tu le sigues el rollo y pretendes hacerle una terapia al estilo cognitivo conductual, no lo estarás acompañando en su cambio, lo estarás acompañando en su neurosis porque, al fin y al cabo tú, eres igual de neurótico con miedo a cambiar, abrirte a las emociones y a estropear tu imagen. Muchos terapeutas prefieren seguir la corriente al cliente porque así no remueven sus respectivos problemas. Eso sí, debo reconocer también, que muchos conocidos neuróticos van a terapeutas muy intelectuales, psicoanalistas o psicólogos conductuales porque así pueden decir que han hecho todo lo posible, pero que para ellos no hay cura. En realidad no quieren un terapeuta que los confronte porque no quieren estar mejor. Ya les va bien su posición de víctima.

Cuarta cagada: la imagen. No queremos que nos dañen la imagen-escaparate que tanto hemos tardado en forjar como profesionales. Claro, ¡si vendo salud debo proyectar una imagen de salud! No debo descontrolarme y parecer un loco ¡o no me contratarán! Tú eres tu valla publicitaria, así que debes parecer cuerdo, que estás por encima de los problemas porque te los gestionas de puta madre. Tu vida es tu promoción, así que deberás hacer ver que tienes la pareja perfecta, la vida ideal y que tu tarrina irradie salud. Pero ¡oh! los egos de los “profesionales de la salud”… No les toques su imagen o sino toda su estructura/parafernalia –no solo empresarial sino como seres humanos– caerá en pedazos. Siempre he creído que en vez de profesionales de la salud mental deberíamos llamarnos profesionales de la enfermedad. Los terapeutas no vendemos salud, vendemos enfermedad. Es por eso por lo que nos gusta este trabajo, porque nos gusta estudiarla, comprenderla. Los terapeutas también estamos jodidos.
Es la cercanía genuina entre personas lo que cura. Es el defecto, la vulnerabilidad, vernos en pelotas, con nuestras miserias, nuestras carencias. Es vernos pataleando, entrando en drama, es vernos infantiles, reclamantes, necesitados, es vernos sin el caparazón. ¿Y qué es sino la terapia que fomentar este tipo de vínculos? El terapeuta debe observar y observarse. Debe sentir, debe pensar y debe ser visceral. El terapeuta que no es observador y observado es un farsante y hará un trabajo a medias. Muchos terapeutas se olvidan que cada sesión con cada cliente significa también abrir una problemática suya personal. Desapruebo a los terapeutas ignorantes de sí mismos y brindo por los pacientes que nos pagan para que nos conozcamos más a nosotros mismos.

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