La proyección de la sombra

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Escoge a una o varias personas con las que no te lleves bien, haz una lista y describe los aspectos de su carácter que más rechaces.
¿Qué tipo de personalidad consideras odiosa, detestable y mediocre?, porque acabarás describiendo tus propias características ocultas y reprimidas. ¡Bienvenida proyección!

La proyección de la sombra es un mecanismo de defensa que consiste en colocar ciertos aspectos que escindimos e ignoramos del yo –porque se consideran inaceptables –, a una persona externa. ¿Objetivo? Trasladar la culpa a otro, ideal comodidad. Por ejemplo: una persona que se identifique con su parte benévola juzgará y criticará con vehemencia a los que considere tiranos. Él no es mala persona, es puro y está limpio de toda culpa. Es el otro, que es un déspota. También una persona que se siente inferior, acusará a otro de inútil incompetente. O por otro lado, alguien con tendencias sadistas buscará a alguien impotente e inválido porque hay un impotente y un inválido en alguien sadista. Hay algo en común con la proyección: el yo está tratando de protegerse de sí mismo a través del otro. Comodidad máxima: yo no me ocupo de mi inutilidad propia, sino que juzgo a los que considero que sí lo son. Dos por uno: me siento por encima de otro y encima no me hago responsable de mis propias heces. Heces que por cierto, se amontonan en tropel. –Ojo, este mecanismo no funciona solo: proyectamos a alguien que es una buena percha para nuestras proyecciones y viceversa–.

Por supuesto no conocemos todas las aristas de nuestra personalidad, de hecho, moriremos sin vislumbrar todas sus dimensiones. ¿Y nos creemos que sabemos cómo somos? Afirmamos con total seguridad: “soy buena persona, yo jamás haría eso”. “Pobre de mí, mira lo que me han hecho, ¡no me lo merezco!” “Yo no soy así, solo soy así contigo”. Eso es sospechoso y huele a censura. El inconsciente tiene una función compensatoria: cuanto más nos identifiquemos y defendamos un lado de nuestra personalidad, más pujará el otro en forma de proyección. Basamos nuestros valores sobre una sola función de la personalidad dejando de lado el otro polo fingiendo que no existe. Yo soy generoso, empático, flexible y protector, por lo que juzgaré a los que considere que no sean como yo y construiré mi vida acorde a estas creencias. Y todo esto negando ver mi lado egoísta, psicópata, rígido y posesivo. Eso sí, “el mundo está plagado de peña malrollera. Yo, con lo honesto que soy y solo me encuentro a gentuza”.
Lo mismo ocurre con la proyección social. Atribuimos aspectos intolerables de nosotros mismos que ocultamos, proyectándolo hacia o contra un grupo que funcionará como chivo expiatorio. Persecuciones, inquisiciones y purgas. Intolerancia en general. Creo que no hace falta poner ejemplos.

El enamoramiento es un claro caso de proyección: cuando nos enamoramos y el otro nos parece perfecto, estamos colgándole el arquetipo que queremos que represente. ¡Cómo nos va a parecer perfecto si no lo conocemos! No vemos al otro, vemos una suma de lo que es y lo que deseamos que sea. Según Jung, en el enamoramiento te enamoras de ti a través del otro, pero no al estilo narcisista, sino que te enamoras de un aspecto inconsciente de ti mismo. Te enamoras de una parte de ti que no ves y que proyectas. Por lo que en el futuro, odiarás también eso que antes admirabas porque también forma parte de lo que rechazas de ti mismo. ¿Qué parte admiras del otro?, ¿qué parte te excita o qué parte odias desesperadamente? Quizá odies del otro algo que no ves de ti y que el otro también es y tampoco ve. Hete aquí el follón.
Con el tiempo, la intimidad, y sobretodo cuando la proyección se desgasta un poco, empieza a asomar la persona real. “Mierda, ¡el otro no es como yo creía!” Uno hasta se siente estafado, traicionado y decepcionado, cuando en realidad lo que nos ha decepcionado es nuestra propia proyección. Pero no vamos a atisbar ese nivel de autoengaño y desde luego, no vamos a parar aquí. Vamos a culpar al otro y vamos a hacer lo que sea para empotrarle nuestra proyección. Cariño, te quiero, ya te cambiaré.

Lo curioso del tema es que nosotros no vemos el lado sombrío de nuestra personalidad, no podemos, estamos ciegos ante ella. Son los demás los que la ven. Nosotros vivimos ignorando cómodamente estas cualidades que odiamos en otros y que negamos nos pertenezcan. De todas formas, no se puede acceder a la sombra de uno así como así. Y si pretendes acceder a la de tu amigo o a la de tu pareja sin que haya un acuerdo ves protegido con algún tipo de traje ignífugo. Decirle a alguien que está expresando sus cualidades inconscientes más odiadas pones en peligro la imagen que tiene de sí mismo y es bastante probable que salte en cólera. ¡Buena suerte!
No es tan fácil acceder a ella. No se trata de decir: ah, tengo esta sombra, o me niego esto o reprimo esto otro. No. No sabes lo que reprimes precisamente porque está reprimido. No sabes lo que hay en el inconsciente porque es inconsciente. Ni el más inteligente puede enfrentar ese aspecto que consideramos desagradable en nosotros mismos. Es imposible ver la sombra cara a cara. Nos derrumbaríamos, reventaríamos y desintegraríamos. Y más imposible es verla si somos unos haraganes del alma y no pretendemos coger ningún tipo de responsabilidad sobre nuestro comportamiento. Nuestra sombra nos aterroriza más que la del otro, por lo que para ir hacia ella tenemos que acceder de forma transversal y sinuosa. Hay que afrontarlo tipo copiloto de rallies: habrá momentos de poco ras, ras y mucho ras y habrá otros momentos de rasante y saltos que solo te quedará decir “con fe”. Confía y ves a toda ostia sin miedo.

Formas a las que acceder a nuestra sombra desde la proyección:

- A través de los sueños.
- A través de drogas psicotrópicas.
- A través de una discusión.
- Cuando criticas y juzgas a alguien.
- Cuando exijes y demandas.
- Cuando echas la culpa a otro.
- Cuando algo te da asco.
- A través de la sexualidad.
- A través de situaciones vitales que se repiten en tu vida.
- Cuando sobrerreaccionas emocionalmente con algo que no te incumbe.

Proyectar es algo humano y lo hacemos todos, el problema es que nos quedamos atascados en la eterna queja, la eterna crítica, la eterna culpa al otro. Esto nos lleva a ser eternas víctimas de nosotros mismos. Proyectores buscando pantallas. Lo que sea con tal de no mirarnos. Humanos destinados a ser autómatas que funcionan solamente desde la inercia de lo irracional. Como dice Erich Fromm, me fascina “la capacidad que tiene el hombre de llegar a conocer las fuerzas que lo mueven por la espalda, permitiéndole así recobrar la libertad”. A mí me parece muy bien que me cuelgues una proyección. Si me la cuelgas es porque soy una buena percha, pero podríamos conocernos mejor, ¿no?

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