La jodienda universal

Gran porcentaje de nuestras decisiones no son realmente nuestras sino que son sugeridas e impuestas por nuestro actor interno. ¿Para qué necesitamos mentir? Por un lado nos adaptamos a unas reglas sociales para sentir que formamos parte del colectivo pero por el otro deseamos ser únicos y especiales para distinguirnos del mismo. Es ahí cuando nuestro intérprete interno o mejor dicho, nuestro farandulero, entra en escena. Bajo ningún concepto muestres lo que te pasa por dentro porque el mundo es hostil. Con el tiempo y un poquito de auto engaño hemos logrado persuadir a nuestro personaje justificando esas elecciones cuando en realidad son fruto de una minuciosa y neurótica reflexión. Y así, nos limitamos a reajustarnos a la expectativa de los demás a través de nuestras creencias infantiles (en estos casos ni siquiera nuestra mente es la que escoge, sino nuestro instinto). Es decir: escogemos en función del deseo del otro. Y en este proceso lento y gradual, nos vamos olvidando de lo que deseamos nosotros. Vivimos un deseo despersonalizado cediendo a un apetito colectivo y la vida se ve envuelta en un amasijo de caos ajeno, de pérdida interna donde las terapias son la contemporánea nueva amistad. Entiendo que todos necesitemos un personaje para sobrevivir en este mundo hostil y vanidoso, pero por lo menos usémoslo a él y no él a nosotros.

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