La insoportable pesadez del ser

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Como raza humana estamos muy apretados, casi al borde, o, aprovechado las nuevas palabras que aprendo de unos paletas dialogar a lo lejos, en la rebaba del límite.
Vienen a consulta muchos clientes en estado de estrujamiento interno general. Con exceso de sobrecarga o exceso de apatía. Déficit de ánimo y superávit de tensión. El caso es que estamos viviendo una época muy polarizada y vamos dando, como podemos, bandazos de un lado a otro esperando que llegue el día que podamos sosegarnos con cierta consolidación del equilibrio. Eso a lo que llaman serenidad, madurez y sabiduría. ¿Sereni qué? Ni idea de a lo que se refieren. La ciudad misma nos reconduce hacia una inercia de hiperestímulo que nos tapona los sentidos.
Nos están pasando cosas bestias: accidentes varios, noviazgos añicos, ansiedades ya incontrolables, reflexiones revueltas, y el pasado hecho muy presente. En el fondo, si nos paramos a pensar, son circunstancias repetitivas en nuestro historial de vida, y nos vemos reaccionando ante la misma situación siempre de la misma manera. ¿No es momento de pararse a replantearse la historia? Quizás seas tu el que se jode a sí mismo los planes. Pero nos da igual, seguimos dando cabezazos, tumbos y tambaleos debidos a nuestra propia ceguera. Lo que en catalán llaman ir “a les palpentes”, usar las manos en vez de los ojos para saber donde están las cosas y así poder avanzar sin tropiezos. Así vivimos, a oscuras, deslumbrados por nuestro propio inconsciente. Invidentes de nosotros mismos. Claro, en el país de los ciegos, el tuerto es el rey. Pues veréis: hoy la ceguera, es vírica. Y se contagia con extrema rapidez.
Paseo por la ciudad y contemplo cómo el amargamiento se cierne sobre las almas de las personas. La soledad urbana, siempre tan dispuesta a que te hagas mil planes ansiosos con tal de no pensar más, con tal de evadirte y descansar de la pesada realidad. La insoportable densidad del existir. ¿De eso trata la comedia del ser humano? Vivir gobernados por un gran nivel de creencias rancias y ulcerosas y jactarnos precisamente de lo contrario. ¿Has pensado en el nivel de autoengaños que te ingenias con tal de no atisbar ni por un momento, el nivel de rencor y resentimiento que maneja tu vida?
Posts de Facebook llenándose la boca de lo lúcidos que son al quitarse de su vida a conocidos que llaman “vampiros energéticos” o “gente tóxica” cuando en realidad, ellos mismos chuspan y churrupetean la sangre de los demás a través de su “buen rollo”. Mujeres aparentemente exitosas a las que les huele la boca porque ese olor representa el olor de su áspero carácter. Y se siguen preguntando, iracundas, por qué los hombres, los asquerosos hombres, las han tratado tan mal. Hombres cuarentones que siguen insistiendo en creerse que siguen jóvenes y frescos, y se siguen juntando para autoafirmarse en su fatuidad, hablando sobre culos chochos y tetas, creyendo que algún pibón de turgentes pechos va a salivar con sus cuerpos y sus cerebros caídos. ¿No se ven desde fuera? Sus diminutos penes y almas se aplastarían teniendo una relación con una mujer, no con una niña. Humanos que insisten y persisten en sus increíbles grupos de amigos, sus familias, a lo Vito Corleone. Lealtad y nobleza mientras aprovechan cualquier momento para vomitar sus reprimidas lenguas venenosas de alevosía.
No, aquí nadie se ve responsable de nada. Es muchísimo más preferible engañarse y condenar al otro. “La conducta que busca culpables está delatando la incapacidad de eso yo para sostener el dolor de la experiencia”. A la larga, la inevitable pesadez del autoengaño nos densificará la voluntad. No es tan difícil atravesarse a sí mismo, de verdad. Hay un escape de agua, encuentras donde está el fallo y lo tapas. Basta de pesadeces. No más fugas, no más pérdidas.



 

 

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