La disonancia cognitiva

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Quiero tener pareja pero no quiero tener responsabilidades, le amo pero no le deseo, quiero ir pero me da pereza, me gusta pero me sienta mal, es cómodo pero me aburre. Todos pugnamos a diario con nuestra propia antítesis emocional. Da igual viejo o turgente, rico o pobre, exitoso o fracasado. La paradoja, la discrepancia y la contradicción humana, no discrimina.
Sentir placer en algo que te causa dolor, tener morbo ante la desgracia ajena, regocijarte en el dolor del otro. Disfrutarlo. Alegrarte por el sufrimiento de un ser querido, sentir bienestar al dominar. Todos compartimos ese espacio inhóspito de nosotros mismos, donde lo perturbador y lo mórbido pueden gobernar un buen primer y oculto plano en nuestra conciencia. Mientras, la ambivalencia de sentimientos da lugar a la culpa y la culpa, al castigo.
En algunos casos de abuso sexual, por ejemplo, el trauma no solo existe por el hecho de sentirse humillado, denigrado o sometido, sino también por el hecho de haber sentido placer, haberse excitado y haber lubricado. El dolor, el odio, el goce y el placer envueltos en un contrasentido. Prefiero esconder que me excito con niñas de diez años, se lo niego a mi mujer, lo niego ante la sociedad, me lo niego a mí mismo, pero ahí estoy, buscando desesperadamente un momento donde soltar la pulsión que mantengo esposada, hasta que sea ya incontrolable. Para Herman Hesse, “sin el animal que habita dentro de nosotros, somos ángeles castrados”. Si lo salvaje de nosotros vive bajo lo domesticado de nuestra razón, seremos presa de nuestras propias bestias.

Darian Leader, psicoanalista y uno de los fundadores del Centre for Freudian Analysis and Research de Londres, en su libro “Estrictamente bipolar” opina que “Reconocer la existencia del amor y el odio, después de todo, es una propuesta bastante aterradora. (…) es difícil imaginar que estás furiosa contra tu madre, que odias a tu madre. ¿Si somos capaces de odiar y amar a la vez, ¿no nos arriesgamos a perder el amor del otro debido, precisamente, a nuestro odio?” Nuestra mente se rige por su propia dualidad. Tenemos una mente de conflicto, y esa, es nuestra propia tragedia.
Jessa Crispin, autora que recomiendo, dice que “por ejemplo, es aceptable y productivo considerar Estados Unidos una gran nación. Posee características formidables, como la libertad que concede a sus ciudadanos o las contribuciones culturales que ha fomentado y recompensado a lo largo de su historia. Pero cuando  sacamos a relucir las cualidades positivas de Estados Unidos, topamos también con sus rasgos destructivos: el modo como ha interferido a nivel internacional y llevado muerte y miseria a incontables ciudadanos de otros países, su pasado genocida y esclavista, etcétera. Es posible conocer el poder destructor de Estados unidos y no por ello dejar de considerarlo una gran nación, pero algunos prefieren no indagar ahí de ningún modo a fin de evitar la disonancia cognitiva.”
La disonancia cognitiva en psicología se refiere a la tensión que genera el desacuerdo de creencias y emociones, valores y comportamientos. La persona siente deseos de reducir la disonancia lo más posible con tal de no sostener la tensión, así que de alguna manera eliminará o inhibirá, su actitud ante la realidad. Puedes así, cambiar tus valores, o cambiar tus creencias a fin de acomodar en la tensión.”Por ejemplo, una persona con creencias morales inculcadas desde su infancia puede verse involucrada en acciones que él mismo rechazaría, –guerras. muertes, torturas– por lo que se ve motivado a introducir nuevos valores que justificarían su actitud, como la defensa de la Patria para evitar males mayores”. Por otro lado, la persona puede rechazar total y completamente su pulsión, a fin de no verse alterada su creencia.

Somos incapaces de sustentar el amor y el odio a la vez. Lo perverso y lo sublime. Lo precioso convive con la fealdad más repulsiva. El amor, con el odio más visceral. Pero nosotros eliminamos toda cuestión paradójica con tal de no soportar nuestro propio conflicto. Nos asusta convivir con la totalidad de nuestra percepción, de nuestra razón y nuestra existencia.

La vida desata temor, y qué mejor que la obscenidad para el temor. Deberíamos aprender a ser como Henry Miller, según él “hay personas que no pueden resistir el deseo de meterse en una jaula con fieras y dejarse despedazar. Se meten en ella hasta sin revólver ni látigo. El temor las vuelve temerarias”.

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