El chupete adulto

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“Tome dos ingredientes humanos distintos y separados y póngalos juntos en el recipiente de una estrecha relación. Bata vigorosamente y aplique el calor del deseo sexual, la necesidad emocional, el conflicto, el intercambio intelectual, los desafíos del tiempo y las circunstancias mundanas, la idealización y la inspiración, y a través de una extraordinaria alquimia, se crea una nueva entidad con su propia fuerza vital, su propia inteligencia y visión propia.’’ Cuando dos personas cuando se encuentran, se descubren y se combinan, crean una tercera identidad totalmente distinta. Diríamos que uno más uno, suman tres. Vincularse comporta cambios y moldea nuestra identidad, de ahí el miedo atroz a la nueva incapacidad contemporánea a establecer relaciones verdaderas. De ahí el nuevo uso sexual aparentemente moderno de follar sin ataduras, (como si eso aparentara más libertad). Follar sin ataduras es sinónimo de “tengo miedo a que me veas tal y como soy” y sí, abogo por el placer sin el peso de la responsabilidad o el compromiso, pero en realidad se trata del placer de ocultar nuestras incompetencias íntimas. Si el otro ve mis mierdas, ¿cómo me va a querer?
Preferimos aprisionar nuestra personalidad antes que verla expuesta a los inevitables, inoportunos y fastidiosos cambios que comporta relacionarse. Y es que no-queremos-cambiar. Nos aterra porque inquieta nuestra certidumbre y desasosiega la quietud de lo estático. A nuestro consciente le es mil veces más cómodo enquistarse y mantenerse inalterable a la renovación. Parece que queramos mantenernos siempre de la misma manera, perdurables en el tiempo, que nada cambie, mantenernos jóvenes. Afincar un trabajo, una casa, una relación. La seguridad de lo inerte.
Y así, abiertos de par en par, estamos expuestos a que la identidad con la que creemos que nos identificamos, se destruya junto con nuestra seguridad. Como si nuestra personalidad intacta, fuera la garantía de la supervivencia. La vanidad siempre en peligro ante la humillación externa. La vida en estado puro.

Solamente a través del vínculo con otros, podemos reformar esa parte de nuestro carácter inservible, ésa que nos da ansiedad. Sin la transformación que implica la exposición y el cambio ante el otro, nuestras relaciones se estancan y se lastiman, se pudren. En ellas inevitablemente existirá la atracción, la fricción, la repulsión o la oposición, pero eso no es lo que debe preocuparnos. El quid de la cuestión está en cómo nos relacionamos, para qué lo hacemos y qué aprendemos de nosotros al hacerlo. El objetivo de relacionarnos es que nuestras sustancias químicas cambien, que haya una transformación mutua. No aferrarse a la propia identidad como si fuera una especie de chupete adulto.

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