El amor romántico –o la cucaracha del amor–

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Narciso quejumbroso

La existencia transcurre anodina, plana y vacía. A la vida le falta algo, hasta que te toca la varita del amor. Te mira y te traspasa, te ve, lo sabe, no te juzga, te ama como eres y estáis conectados. Os miráis y los sabéis todo, casi ni habéis hablado, pero estáis hechos el uno para el otro. Sois especiales y vosotros estáis exentos de la crueldad terrenal del tiempo o de las discusiones por lavar los platos. No, vosotros estáis por encima. De hecho, vuestro amor no tiene parangón y supera cualquier obstáculo. Si os maltratáis es porque os queréis tanto tanto tanto, que vuestro amor podrá con todo porque está hecho para ti, “Tiene que ser inteligente, culto”. “Que sea independiente, pero que esté por mí”. “Que sea atractiva pero no se lo tenga creído”. “Que tenga los mismos gustos que yo, que sea sincero, independiente”. “Que le apasione su trabajo que sea emprendedor y tirao palante”.

–pon tu ideal aquí–

Cuando describimos cómo es el amor de nuestra vida, el otro no existe como sujeto, sino que está subyugado a nuestra fantasía. Una imagen que posee nuestras cualidades elevadas, salvo algún que otro defecto gracioso y llevadero, es alguien que atiende a nuestras demandas y se adapta fielmente a nuestros caprichos. Aspiramos a que el otro sea como nosotros queremos que sea y no como es. Un otro subyugado a un ideal que roza el trastorno mental. De hecho, cuando pasa el enamoramiento y aparece “la verdadera identidad de tu pareja”, a veces uno experimenta una gran desilusión. Queremos un pigmalión y a eso lo llamamos “amor de nuestra vida”. No será tu pareja, sino una extensión que habla de ti, como si el amor fuera dirigido hacia los demás y no hacia nosotros mismos. En un mundo cada vez más narcisista, amar es más complejo, por no decir imposible.
Si en algún momento tu pareja no reacciona como tú esperas, algo falla. No entiendes cómo el otro no te da lo que necesitas. Solo quieres un poco de amor, pobre de ti, con lo bueno que eres y con lo que te has entregado a la relación. Qué injusto es, no te lo mereces. Y qué curioso que este tema se te repita una y otra vez, claro, has fracasado en el amor, no has tenido suerte. Narciso quejumbroso de no recibir cuando no se da ni a sí mismo. Existe cierto maltrato en el amor narcisista, cierta sensación de poder y control en la que no estás a la altura del amor que exiges, y lo único que haces es echar al otro la culpa.

 Amor de madre

Al margen de que el amor romántico es ciertamente narcisista, las cualidades que destacamos de nuestro ideal de pareja apelan más bien a los atributos de una madre. Como cuando te enfadas si el otro no te escucha cuando lo necesitas, o cuando no te presta la atención que requieres. Como cuando no hace lo que crees que es lo mejor o cuando no comparte tus gustos. Debe satisfacer tus necesidades, sino, es que no funciona, es que no os entendéis y sois muy diferentes. Parece que se busca a una especie de madre anulada que está cien por cien por nosotros, atendiendo cualquiera de nuestras necesidades. Una madre idealizada. Alguien puro, bueno, casi perfecto, sin cólera y que se sacrifica por nosotros. Una madre simbiótica que sabe lo que necesitas antes que tú, que se amolda, que está por ti y te cuida, te entiende y te escucha. Osea, una madre sumisa y castrada que no tiene deseos independientes y que se desvive por ti. Se anula tanto tanto y te ama tanto tanto, que jamás te abandonará.

Como niños desvalidos canalizamos la impotencia a través del amor romántico y lo vivimos casi como una religión. Buscamos significado y trascendencia a través de la pareja, el éxtasis de estar enamorado y encontrar el significado de la vida. Para los que tienen tendencias a idealizar el amor, tu alma gemela no es una gacela entaconada intelectual y delgada. No es un alguien masculino, empático y apasionado. No encontrarás el amor y ya habrás conseguido la felicidad. El amor es crudo y real. No atiende a pautas y desde luego, es autoresponsable. No actúa como finalidad sino como motivo. Tú eres un niño con miedo y tu ideal de amor es el de una madre que no existe. No es amor romántico lo que buscas, es amor de madre.

Edén y deuda hasta las trancas

En el amor romántico existe una dinámica de culpa y deuda en la que o salvas, o te salvan. A nivel íntimo, uno siente algo torcido, algo sucio dentro, algo pendiente. Como si tuviéramos una deuda inconsciente por pagar y estuviéramos aquí, aprisionados en esta cárcel terrenal. Y no me extraña. Estamos sometidos al paso del tiempo, la carga, los límites. La soledad y la desconexión. Recuerda: se te ha expulsado del Edén, del paraíso protegido de los terrores del mundo exterior, estás huérfano y solo quieres sentirte en casa.
Estar aquí es nuestro castigo, por lo que mejor esperar esa ansiada salvación a través del amor, a través del redentor que pagará nuestra abstracta e inexplicable deuda. Redentor significa “volver a comprar” por lo que otro llegará y te proporcionará el pago para liberarte, sentirte menos esclavo, encontrar ese sentido y esa certidumbre. Disolverte en tu amante en una ósmosis de descanso eterno. Encontrar la salvación fuera es uno de los mayores negocios de la historia.

La redención necesita de un redentor, uno divino, perfecto y a ser posible mitificado. Es curiosa la idealización, porque si colocamos a alguien por encima nuestro que es perfecto e impecable, nos odiaremos por ser indignos. La idealización del amor y de las relaciones esconde rabia, y viene acompañada de un hambre emocional digno de cualquier animal que se traga sus presas sin masticar. Hace años asistí a un concierto de Justin Bieber con mi sobrina, un amigo y su hija. Algo así debería ser el circo romano. Una adolescente de unos trece años con un ataque de ansiedad no paraba de repetir: ¡oh dios mío! ¡estoy respirando el mismo oxígeno que él! Niñas estirándose del pelos unas a otras con tal de conseguir la última camiseta del merchandising, empujándose por encontrar un buen sitio, otras desmayándose, con sus padres echándoles agua, abanicándolas. Reinaba el caos. Se destripaban unas a otras por tenerlo cerca. Olía a hormona, excitación y violencia. La idealización puede ser muy sádica.

Cockroach del amor

Lo sádico es ese amor absoluto e incondicional que exigimos. Cuando insistimos en estar con personas a las que exigimos más amor del que estamos dispuestos a dar. Jamás las miramos a ellas ni lo que nos dan, queremos más y lo queremos a nuestra manera. Cuando te ves desesperado de amor, y te ves cual cucaracha, comiendo heces, restos de comida y basura. Como cuando te ves infeliz al lado de alguien que te habla mal, te menosprecia y te infravalora. Alquien que te insulta o te hace llorar. Como cuando te ves con pánico a que te abandone quien te hace sentir defectuoso. Las cockroach pueden incluso comerse a sus congéneres para saciarse, como cuando devoras al otro para que sea lo que tú quieras que sea, o cuando te ves devorado por alquien que espera más de ti y con el que siempre te sientes insuficiente. Por otro lado, las cucas pueden sobrevivir una semana sin cabeza, como cuando te ves humillándote para que el otro no te deje. O anulándote con tal de tener por lo menos una conexión.

Pagamos un precio alto por ese ideal romántico. Esperar que exista, esperar encontrar. Esperar que algo encaje crea relaciones de ansiedad y expectativas. En este amor ideal, tu amor cambiará al otro. O el amor te cambiará a ti, y por fin serás libre de toda carga. A la unión de almas deberíamos llamarle contrato oculto de salvación. Pareja edípica infantil. Madre simbiótica. No es que estés maldito, ni que tengas mala suerte o que haya mucho loquito suelto –que también–, sino que creas relaciones basadas en la culpa y el control. Si te sientes culpable deja de redimirte a través de relaciones compulsivas, deja de poner fuera al salvado, o deja de actuar como uno y ataja el problema mirándote a ti y a tu sensación de pérdida. Nos cuesta horrores enfrentarnos a nuestras idealizaciones y nos es más fácil culpar al otro de habernos traicionado. Queremos tener el control del amor porque no asumimos que podemos ser amados por ser como somos. Con nuestras zonas oscuras, inútiles o vergonzosas. Amar es una pérdida de control. El amor cambia, y parece que no estamos dispuestos a vivir en esa incertidumbre. ¿De qué formas somos nuestras propias víctimas? Nos pasamos la vida buscando dios sabe qué y nos olvidamos de nosotros. Ven conmigo, voy a endeudarte como nadie, quiero decir, a quererte como nadie, soy tu cucaracha del amor.

 

 

 

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