Codependiente busca dependiente para someter

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Es inevitable que en nuestra vida y en nuestras relaciones hayamos visitado, o estemos visitando, uno o dos de estos siguientes comportamientos:

A

¿Asumes con docilidad manejable el papel de sumiso? ¿Te protege la sensación de que alguien se ocupe de ti? ¿Prefieres sobrevivir entre la culpa y la ansiedad antes que independizarte? Como en tu vida no sabes lo que realmente sientes ni lo que realmente quieres, entregas tu alma al otro para que te oriente y te aconseje. Total, te es mucho más cómodo y práctico. Prefieres someterte, idealizar y magnificar. Considerarte un fracasado y resguardar tu desprecio bajo la sumisión rivalizándote entre la ansiedad, el descanso y la comodidad de no tener que responsabilizarte de ti mismo. Claro, te crees inseguro, débil y perdido, ¡para esto está tu codependiente! Como es tan diligente, él te indica cuál es el mejor camino y como te quiere, sabe qué es lo mejor para ti. Eso tú, evidentemente, no lo ves como una amenaza, es más, te parece maravilloso que alguien te conozca y te quiera tanto. «Necesito alguien seguro de sí mismo, que me guíe y me dirija. Necesito un codependiente que me moldee. Que me troquele, me adapte y me ahorme». Quizá tus allegados te digan: «oye, ¿no crees que estás un poco enganchado?, ¿no crees que te falta identidad? ¿No te está lavando la cabeza?» «¡Pero qué dicen! Serán envidiosos».
El dependiente quiere al otro porque posee lo que él cree que necesita. Digamos que inconscientemente revive la posición de hijo y de alguna manera se somete a su codependiente para ser educado, enseñado y guiado –aunque el susodicho tenga cuarenta, profundamente se sentirá como alguien de ocho–. El dependiente teme la responsabilidad adulta que conlleva la propia libertad, así que preferirá vivir esclavo de los deseos del otro. En realidad, con la necesidad de que lo amen encubre su falta de amor propio. 

B

O quizás eres más bien el cuidador, el rescatador, el devoto. El que se siente responsable de las emociones del otro, –demasiado a menudo, de forma obsesiva y de manera inapropiada–. El que se calza alegre el rol mesiánico. Los codependientes tienen una excesiva necesidad de garantizar el bienestar de su pareja asumiendo la pesada carga de sus problemas para tratar de resolverlos. Qué mejor forma de preocuparse por el otro para no ocuparse de sí mismo. «¿Necesitas que te oriente? Aquí estoy. Ah, ¿que no tienes trabajo?, yo te ayudo a buscarlo. ¿Lloras?, toma mi hombro, yo estoy aquí para ti. ¿No tienes estudios?, toma, haz esta carrera. Ven que te moldee. Que te esculpa y cincele. Déjame que organice tu vida, que te ayude a estar mejor. ¡Ven que te ahogue con mi generosidad! ¿No ves que soy fuerte, independiente y tengo mucho amor para dar? Toma esto. ¡Tómalo! ¡He dicho que lo tomes!»
Es tan generoso y tiene tanto amor que te ayudará a que cambies y estés mejor, pero no lo suficiente como para que lo dejes y lo abandones. De hecho, se sentirá atraído por los problemáticos, de esta forma podrá representar a la perfección su papel. ¡No quieren a alguien emocionalmente sano! Ahí no son necesarios. Y si por alguna cuestión el dependiente no valora o rechaza alguna parte de lo que le da el codependiente, este no titubeará en atacar a su culpa. «¿No ves todo lo que te he dado? Desagradecido.»
Inconscientemente, el codependiente toma un papel de padre guía, maestro castigador y controlador. Se vuelca en el otro como mecanismo de defensa contra su propia dependencia. De hecho, confunde la necesidad de amar con la necesidad de ser necesitado.

 Sumiso culpable busca verdugo seductor.

Lo grotesco de este tipo de relaciones es que el goce por la sumisión o el deseo de control no es más que una representación de un juego de vínculos entre padres e hijos. Lo erótico del vínculo amoroso se mezcla con lo siniestro de nuestras carencias infantiles. Y con tanta parafernalia psicológica, ni uno ni el otro sentirán amor, solo necesidades infantiles proyectadas y eternamente insatisfechas. Las relaciones basadas solamente en la necesidad resultarán frustrantes y agotadoras. ¡Nadie podrá satisfacer todas nuestras necesidades de nuestra infancia!
Lo curioso del tema, es que tanto uno como el otro miembro de la pareja obtendrán un beneficio positivo de este vínculo dependiente, por lo que preferirán no hacer consciente ni público su miedo y su egoísmo, y lucharán juntos uno en contra del otro para mantener oculto su maltrato mutuo. Ni se te ocurra meterte en medio.

Las relaciones de amor adultas no se deberían basar en la dependencia o la codependencia sino en la interdependencia: ambos miembros de la pareja se turnan en dar y recibir cuidados, pero son adultos que dan y reciben, no niños que necesitan cumplir un rol con pretensión adulta. Mientras nos escudemos en algo o alguien externo nunca podremos asumir lo que somos nosotros, sino que viviremos patologías de vacío saturadas con vínculos. No se trata de quedarnos en la superficie externa del poder-sumisión, sino ver cómo actúan estas dos fuerzas en cada uno de nosotros, dentro de cada conflicto interno que tenemos. ¿Te sientes débil y perdido, insuficiente y blando? Eso es porque posees a un tirano en tu interior que te aterra y prefieres que esté fuera y sea tu pareja. Si sigues así, serás eterno hijo. Eterno inválido y esclavo de tu alrededor. ¿Te sientes fuerte, independiente, dominante y eficaz? Eso es porque estás cagado de miedo y ahogas a tu parte dependiente. Te asusta ser hijo, ser vulnerable, pasivo. Te asusta descansar y disfrutar de lo infantil. Búscate a un dependiente que cumpla ese rol, así podrás ser, eternamente amargado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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