Amor MK-Ultra
–El amor y las dinámicas de poder–

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Someter al otro, subyugarlo, conquistarlo y despojarlo de voluntad. Regocijarse ante el placentero poder y disfrutar de los manjares de la superioridad –de su complejo en realidad–. El gusto de ver a alguien por debajo, entregado y cedido a tu control. Ese momento jugoso en el que creces ante el error ajeno. O lo suculento de castigar a alguien que te ha herido disfrutando del arrastre de su culpa. El regusto de saber que tu ex pareja, la que te dejó, está jodida sin ti. La satisfacción humana de hincharse omnipotente ante el dolor de otro. Una imagen tentadora que solo atiborra en nuestro todopoderoso, una sensación ilimitada de inferioridad. Como el maestro que se enfada con su alumno y lo critica por terror a que lo supere, o el jefe que sojuzga al empleado por miedo a que le quiten el puesto. La madre que rebaja a la hija por temor a afrontar su vejez, o el hombre que se siente insignificante y humilla a su mujer por miedo a que lo abandone.
Las personas que suelen tener tendencias dominantes conviven con una hostilidad almacenada y encubierta que necesita ser dirigida hacia alguien, a poder ser, timorato, sumiso, y con una buena y fértil culpa. ¿Qué mejor manera de compensar la inseguridad, la impotencia y la desvalía interna, que escogiendo a alguien con el cual volcar todas mis proyecciones? “Me voy a buscar a alguien herido porque así nunca se irá de mi lado. Y cuidado que no se ponga bien, que le haré la zancadilla para que vuelva bajo mi protección. Te quiero cuando cumples tu rol de sumiso, ¡así yo puedo crecerme y olvidarme de lo inútil que me siento! Mi querida marioneta, querámonos por siempre en esta relación en la que es condición que te castres para poder ejercer mi poder sobre ti”.

¿Y qué hay del placer del sometido? El que está exento de responsabilidad, el que puede acomodarse en el descanso de la impotencia. Ese sosiego de no hacerse responsable y fluir en una segunda infancia. Por supuesto, ocupar un papel inferior en la relación de pareja te confiere manjares cómodos y útiles, como la placidez de sentirse amparado y a salvo de lo mundano. La docilidad de poder mantenerse inválido, sin iniciativa, y camuflado de cualquier posible fracaso. Sobretodo, el poder de ceder la responsabilidad al otro y poder culparlo siempre que lo necesite. Estar sometido en la posición de víctima te da un sentido, una protección y un resguardo. Pero cuidado, el sumiso también tiene sus propias armas de control y de tortura que no duda en utilizar cuando su rol se ve amenazado. Como la mujer resentida que complace para conseguir aprobación, o el hombre que se victimiza para dar pena y que nunca lo abandonen. El que chantajea a su pareja para endeudarlo en culpa, o los padres que hacen responsables a sus hijos de su propio sufrimiento. Técnicas sutiles pero igualmente efectivas para ejercer poder y así no confrontarnos a nosotros mismos.
Las personas con tendencias sumisas conviven con una sensación de fallo interno, de error y de delito permanente, como si algo estuviera torcido en lo más profundo de su ser y en cualquier momento el otro podría darse cuenta. Una culpa interna permanente que les hace vivir cabizbajos, además de una necesidad urgente de redimirse a través del vínculo con un otro, a poder ser, sólido, firme y por qué no, autoritario. “Es condición que me proveas y hasta que te aproveches de mí, por lo que me quejaré y te culparé de vez en cuando para mantener mi posición de víctima tratada injustamente. Seguiré inerte en mi parálisis para que sigas custodiado mi miedo, confortable y calentito antes que hacerme responsable de mi cobardía. “

El dominante depende del sumiso para ejercer poder y así esconder su sensación de impotencia. El sumiso depende del dominante para descansar de la minusvalía y así tapar su temor a la potencia. Dominante resentido busca a sumiso culpable para redimirse mutuamente. Ideal match.
No puede haber satisfacción en nuestras relaciones de pareja si no somos conscientes desde dónde las cimentamos. Fromm manifestó las tres maneras que tiene el ser humano de relacionarse con el mundo: sumisión, poder y amor. Tanto dominante como sometido temen la pérdida, y con su particular forma de ejercer el control se retroalimentan de forma perfecta, esto es, el amor Mk-Ultra. Un amor normalizado. El lavado de cerebro en las relaciones de pareja. Un amor estalinista, jerárquico, con una larga lista de castigos y recompensas, de creencias estrictas en un rígido sistema llamado amor.

Aprendemos desde pequeños a buscar el amor desde el miedo y la necesidad siendo este, el mandamiento principal: si me necesitas nunca me vas a abandonar. Desde ahí solo pueden surgir dos roles consolidados en el uso del poder a través de conductas controladoras y manipulativas con el único y exclusivo propósito de evitar rechazos y abandonos. Dominante y sumiso aterrados por la amenaza constante de pérdida. Pero cuidado, en esta búsqueda insaciable de seguridad externa nunca se alcanza una satisfacción real. Esta necesidad es un pozo sin fondo que agota y nunca sacia, como una corriente subterránea que nunca tiene una certeza de seguridad en la que poder descansar. Sumiso y dominante se salvan el uno al otro de su propia pobreza interna. Te quiero a ti porque me repulso a mí mismo: bienvenido a la reconstrucción constante de tu autoestima. Estas no son relaciones fruto del amor, sino que hemos normalizado relaciones mutuamente manipuladoras por pánico al rechazo.

Quizá sea un poco exagerada y no tenga que administrarle LSD a mi pareja, aislarla y torturarla con aparatos de electroshock y privación sensorial para que me quiera. Quizá no la interrogue atada a una silla y la hipnotice para que me diga con quién estuvo, pero es probable que la manipule de vez en cuando para que se sienta culpable, para que haga lo que deseo, que la chantajee para poder tener el control de la toma de decisiones, que apele a su culpa para tener la razón y así disfrutar de poder, pero sobretodo, de la seguridad de retenerlo. El problema no es la relación de dependencia simbiótica en sí, sino el estancamiento, la falta de aprendizaje y de evolución. La repetición de las mismas parejas y la retroalimentación de culpa, resentimiento y dolor envueltos en un intercambio llamado amor.
Tenemos conciencia de nuestros deseos pero no de sus motivos. La voluntad es movida por fuerzas inconscientes, corrientes traseras, y la opción de elegir se trata de tener la capacidad de conocer esos impulsos que nos mueven por la espalda. La capacidad de disfrutar nuestro deseo sin dejarnos dominar por él. La capacidad de revertir patrones y tendencias, hábitos y aprendizajes que nos incitan a una búsqueda de amor desde el poder. ¿Desde dónde estamos construyendo nuestras relaciones de pareja?, ¿sabemos cómo es el amor desprovisto de poder? Cuando la voluntad de poder se esconde tras la máscara del amor.

 

 

 

 

 

 

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