ACAB

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Una chica joven vino a consulta por problemas, según otro le había diagnosticado, sexuales de frigidez. En poco tiempo de conversación nos dimos cuenta que ese, no era exactamente su problema. Ella podía tener orgasmos perfectamente, solo que nunca en una relación sexual con un hombre. No es que fuera anorgásmica, sino que sentía cierta aversión inconsciente hacia su órgano sexual. Paralelamente de la forma de su vulva, a la chica le pasaba lo que a la gran mayoría de mujeres, una sensación de cierto asco y repugnancia hacia sus propios genitales. Mi clienta no tenía orgasmos porque creía que a los hombres no les gustaría su chichi, o que no les gustaría su olor. ¡Si hasta a nosotras nos resultaba a veces un lugar inhóspito y extraño! Agujeros secretores, pliegues insólitos, labios elásticos y un sinfín de complejidades que quedaban desveladas durante el coito. ¿Cómo iba a follar si rechazaba su medio de expresión? ¿Acaso iba a disfrutar mientras el hombre se lo iba a lamer? No era justo que creciéramos con tal animadversión hacia nosotras mismas, pero así estaba la realidad.
La almeja, el conejo, el chocho, el coño. Palabras que hasta a nosotras nos resonaban casi con cierto repudio. No crecíamos viendo el de otra mujeres (porque “eso” no se enseña) y desde luego no madurábamos investigándolo ni hablando de manera natural para con la sociedad. El chocho es algo que no sale fácilmente en los medios, en internet o en películas, y cuando se exhibe, en vez de tratarse y contemplarse como algo esencial en el ser humano,  se ve como algo más bien pornográfico y por lo tanto, se censura desde bien temprano. Crecemos alienadas de nosotras mismas, retraídas. Mantenemos relaciones sexuales pero sin la relación. Nos dejamos penetrar (porque es lo que se debe hacer) sin estar muy excitadas (porque o el hombre no sabe tocar bien o nosotras no nos dejamos) y el resultado desastroso es no solo un fingimiento total, sino un falseamiento bioquímico usando nuestro cuerpo como principal arma de autoengaño. Y todo, por la ignorancia y por la des-educación temprana. ¿Cómo no íbamos a estar tensas? “Entonces les abrieron los ojos a entrambos y se dieron cuenta de que estaban desnudos, y cosiendo hojas de higuera se hicieron unos ceñidores”. En el principio bíblico la mirada entre hombre y mujer implica desde un principio, el sentimiento de vergüenza. Sí, ceñidos tratamos nuestra sexualidad. En realidad muchas mujeres sienten asco de su vagina y ni siquiera lo saben. Solamente sienten cierta tensión cuando un hombre se acerca a su más profunda intimidad y la desvela a través del sexo. Ahí la mujer queda abierta y expuesta al mayor rechazo de su vida.
El ser humano crece ante la sociedad con sus genitales tapados, con su instinto cada vez más humanizado. Sometemos el cuerpo bajo la vergüenza del qué pensarán (lo llamo proceso de domesticación). Nuestras reacciones sensuales se cubren y resguardan junto con nuestras reacciones emocionales. Ahí empezamos a ocultarlas bajo la inteligencia, bajo el ego y bajo nuestro sistema de defensa. Bajo unas normas sociales silenciosas. Tendrían la función de protegernos de lo más íntimo de nosotros mismos, pero qué hacer cuando la defensa de la intimidad se convierte en precisamente lo contrario, ¿un abandono de uno mismo?

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